Merma 52 Tres cepas
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52 Tres cepas

El juez la dejó terminar y entonces hizo la pregunta que no estaba en su guion y que Aurora, desde la última fila, había estado esperando durante una hora y cincuenta minutos.

—Señora Antoñanzas, en la parcela había tres cepas de pie franco plantadas sobre la fosa.

Petra se quedó absolutamente quieta.

—Sí.

—¿Las plantó usted?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esa misma mañana. Antes de que llegara la furgoneta.

—¿De dónde salieron?

—De la furgoneta de él —dijo Petra—. Sergio había venido con su furgoneta y la tenía aparcada detrás de la nave, y en la caja llevaba un haz de varas atadas con rafia.

Yo la moví esa noche y la dejé en el camino de la Nava, que es donde apareció tres semanas después y donde la Guardia Civil de entonces dijo que la había dejado él antes de irse a Francia. Y antes de dejarla allí saqué el haz.

—¿Por qué?

—Porque no las iba a tirar.

—Señora Antoñanzas, le he preguntado por qué las plantó encima.

Petra Antoñanzas se pasó la lengua por los labios.

—En septiembre una estaca no agarra —dijo—. Eso lo sabe cualquiera. Yo planté tres estacas en tierra caliente el dieciséis de septiembre sabiendo perfectamente que no iban a agarrar ninguna de las tres.

—¿Entonces por qué?

—Para saber dónde estaba —dijo—. Tres mil cien plantas iguales, señoría. Iguales, en línea, a dos sesenta por uno diez. Al año siguiente aquello es un mar verde y todas son la misma. Yo necesitaba saber en qué sitio exacto. No para nada. Solo para saberlo.

—¿Y agarraron?

Petra Antoñanzas levantó la cabeza y miró al juez, y Aurora vio, desde la última fila, que a aquella mujer se le llenaban los ojos por primera vez en tres meses.

—Agarraron las tres —dijo—. Las tres. En veintisiete años no he entendido nunca cómo.