Merma 51 Lo que Petra contó
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51 Lo que Petra contó

La declaración de Petra Antoñanzas Vergara ante el magistrado Álvaro Quel, con asistencia del letrado Berceo y del ministerio fiscal, empezó a las doce y cuarto del jueves tres de diciembre de dos mil veintiséis y duró una hora y cincuenta minutos.

El juez la advirtió tres veces de que los hechos que iba a relatar estaban prescritos y de que ni su relato ni su arrepentimiento tenían efecto penal alguno.

—Lo sé, señoría —dijo Petra—. Lo sé desde dos mil trece, que fue cuando lo miré por primera vez en un libro de la biblioteca de Logroño. Y lo volví a mirar en dos mil diecinueve, en septiembre. Y esa noche me tomé una copa de vino sola en la cocina, y le voy a ahorrar a usted lo que sentí.

—Diga lo que tenga que decir.

Y Petra Antoñanzas lo dijo.

Dijo que el martes catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, a las once menos veinte de la noche, Sergio Marrodán Ubis entró en la nave de elaboración de Bodegas Lacorte y subió tras ella a la pasarela de los depósitos.

Dijo que ella estaba haciendo densidades en el seis y en el siete con un densímetro de vidrio y una probeta, con la boca de hombre abierta.

Dijo que él le dijo que se iba el jueves a Burdeos y que se llevaba a la niña.

Dijo que ella le dijo que sin la firma de Milagros no podía.

Dijo que él le contestó que Milagros firmaría lo que él le pusiera delante y que las dos lo sabían.

Dijo que ella le dijo que aquella niña llevaba cinco meses durmiendo en su casa tres noches por semana.

Dijo que él le dijo, y que estas fueron las palabras exactas y que no las ha olvidado en veintisiete años: esa niña no es tuya, es mía, y tú lo que quieres es quedarte con lo que me quitaste.

Dijo que ella le contestó: yo no te he quitado nada.

Dijo que él dijo: me quitaste el nombre.

Y dijo que en ese momento, en aquella pasarela de rejilla de metro y medio de ancho, a cinco metros y medio del suelo, ella supo que aquel hombre tenía razón en todo.

—¿Y entonces? —dijo el juez.

—Entonces él dio un paso hacia mí y yo lo empujé.

La sala se quedó en silencio.

—¿Con qué intención?

—Con la intención de que se apartara.

—¿Y qué ocurrió?

—Que resbaló. La pasarela estaba mojada, porque en vendimia todo está mojado. Y cayó hacia atrás y se dio con la nuca y con el lado de la cabeza en el aro de la boca del siete. Y se fue dentro.

—¿Y usted qué hizo?

Petra Antoñanzas se quedó callada mucho rato.

—Me asomé —dijo—. El sombrero estaba a un palmo del borde.

Él estaba boca abajo con los brazos abiertos encima de los hollejos y se estaba hundiendo despacio.

Y yo metí el brazo y no llegué. Y me subí al aro y me asomé más y me dio el gas en la cara y me eché atrás, y me caí de culo en la pasarela, y estuve un rato sin poder ver bien.

—¿Cuánto rato?

—Un minuto. Dos. No lo sé.

—¿Y después?

—Después ya no se veía. El sombrero se había cerrado.

El juez Quel esperó.

—¿Pidió usted ayuda?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no había nadie en la bodega —dijo Petra—. Y porque a los cuatro minutos de estar ahí sentada en la rejilla ya no estaba pensando en sacarlo. Estaba pensando en la niña.

—Explíquese.

—Que si yo llamaba al ciento doce, a las dos de la mañana había cuatro guardias civiles en esa nave, y a las ocho de la mañana lo sabía el valle entero, y en tres días yo no era la que le daba de merendar a esa criatura sino la que había tirado a su padre a un depósito.

—Levantó la cara y miró al juez—. Señoría, yo tenía veintinueve años.

Y ya había mentido una vez ese año, en enero del noventa y ocho, por mucho menos.

Y había visto lo que le pasó al que decía la verdad.

—¿Qué hizo usted a continuación?

Y Petra Antoñanzas lo contó todo, sin adornos y sin pausas, mirando a la mesa: que descubó el depósito siete ella sola entre las tres y las seis de la mañana del quince; que lo sacó con la bomba de trasiego y las mangueras a los dos remolques de los orujos y a la canal del lagar; que lo encontró al fondo, entre el hollejo, a las cinco y veinte; que lo dejó en la solera del lagar hasta la noche del quince, tapado con una lona de la vendimia; que la noche del quince al dieciséis lo llevó en el remolque pequeño, con la pala del tractor y medio fondo de barrica que cogió del rincón de las duelas, hasta la parcela ciento cuarenta y uno, que llevaba dos días desfondada y con las zanjas abiertas para plantar; que lo bajó a la zanja catorce, en el tercio final; que lo tapó con la pala entre las cinco y las siete menos cuarto de la mañana del jueves dieciséis; y que a las siete menos cuarto llegó la furgoneta del vivero con tres mil cien plantas y una chica de diecinueve años, y que ella paró el tractor y fue andando a decirle dónde tenía que descargar.

—Una última pregunta —dijo el magistrado Quel—. En el libro de registro de movimientos del año mil novecientos noventa y nueve, folio ciento doce, hay una anotación de su puño y letra imitando la del capataz.

—Sí.

—¿Cuándo la escribió?

—El dieciocho de septiembre por la tarde.

—¿Y por qué dice que hubo una incidencia de reducción?

—Porque diecinueve mil ochocientos kilos no pueden desaparecer de un libro —dijo Petra Antoñanzas—. Todo lo demás se puede esconder en una bodega, señoría. La uva, no.