50 Setenta y dos horas, otra vez
Clara Marrodán pasó en dependencias las setenta y dos horas completas y no dijo absolutamente nada.
No fue un silencio agresivo. Se sentó, escuchó, contestó a su nombre, a su edad y a su domicilio, aceptó el abogado del turno de oficio, comió, durmió cinco horas, y a todo lo demás respondió con la misma frase, siempre igual, sin irritación:
—No voy a declarar.
Aurora lo intentó cuatro veces, con cuatro estrategias distintas, que era exactamente tres más de las que solía usar.
La primera fue el expediente. Le puso encima de la mesa las fotos del calado, la curva del detector, el registro del portátil, el informe de las partículas de esmalte, la transcripción de la cámara.
—No voy a declarar.
La segunda fue Bárbara.
—Clara, esa mujer estuvo tres minutos golpeando esa puerta con las dos manos.
Clara Marrodán se quedó mirando la mesa y tragó saliva dos veces y no dijo nada.
—No voy a declarar.
La tercera fue su padre.
—Su padre fue esa noche a hablar de usted. Iba a llevársela a Burdeos. Tenía una carta de un abogado en la mochila y tenía su foto de carné, la de los tres años, con su nombre escrito detrás.
Clara cerró los ojos un momento.
—No voy a declarar.
La cuarta fue la que Aurora se había prometido no usar.
—¿Sabe usted lo que va a pasar ahora? —dijo—.
Va a pasar que Petra Antoñanzas va a ir al juzgado y va a confesar el noventa y nueve.
Entero. Y no le va a servir de nada, porque el noventa y nueve está prescrito y porque su confesión no es su coartada.
Lo único que va a conseguir es que en este valle se sepa, y que se sepa por su boca, y que cuando salga de allí no le quede ni la casa ni la mesa ni el trabajo.
Y ahí Clara Marrodán levantó la cabeza por primera vez en cincuenta horas.
—¿Usted le ha dicho eso a ella?
—No.
—Pues no se lo diga —dijo Clara—. Y no me lo diga a mí tampoco.
—Es lo que va a pasar.
—Ya lo sé. —Clara volvió a bajar la vista—. Llevo sabiendo lo que va a pasar desde el once de septiembre a las nueve y veinte de la mañana. No voy a declarar.
El jueves tres de diciembre, a las once y cuarto, pasó a disposición del Juzgado de Instrucción número uno de Nájera.
A las once y veinte, en el pasillo de ese mismo juzgado, sentada en un banco de madera con el letrado Berceo al lado y un abrigo de paño gris doblado sobre las rodillas, estaba Petra Antoñanzas Vergara, que había solicitado por escrito, tres días antes, ser recibida por el magistrado.