Merma 49 Martes, seis y cuarenta
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49 Martes, seis y cuarenta

La detuvieron el martes uno de diciembre a las seis y cuarenta de la mañana en la casa de la calle del Horno número cuatro.

Aurora había pedido expresamente que no fueran de uniforme y que no hubiera más de tres vehículos, y que se entrara por la puerta y no por el patio, porque el patio daba a la calle de las Bodegas y la calle de las Bodegas se veía desde catorce ventanas.

Abrió Petra Antoñanzas.

Llevaba una bata de cuadros y tenía el pelo suelto, y Aurora se dio cuenta de que en tres meses no la había visto nunca con el pelo suelto.

—¿Qué pasa?

—Vengo a por Clara.

Petra se quedó agarrada al marco de la puerta.

—¿Cómo que a por Clara?

—Apártese, por favor.

—¿Cómo que a por Clara?

La segunda vez lo dijo muy alto, y en la escalera se encendió una luz, y bajó Clara Marrodán con un jersey y unos pantalones de chándal y los pies descalzos, y se paró en el último escalón.

—Ya está —dijo.

—Clara Marrodán Ochoa, queda usted detenida como presunta autora de un delito de asesinato en la persona de Bárbara Ijalba Nalda.

El sargento primero Cuevas leyó los derechos.

Lo hizo despacio y bien, y en mitad de la lectura Petra Antoñanzas se puso a decir que no, que no, que no, no como quien discute sino como quien corrige un error administrativo, con una insistencia razonable y tranquila que era mil veces peor que un grito.

—Teniente, esto es un error. Yo estaba con ella. Yo estaba con ella esa noche.

—Usted declaró que llegó a las once y media.

—Yo estaba con ella.

—Petra —dijo Clara desde el escalón—. Para.

—Yo estaba con ella, teniente, se lo digo aquí y se lo digo donde haga falta.

—Petra. Para.

Petra Antoñanzas se calló de golpe.

Clara bajó el último escalón y fue a buscar los zapatos, que estaban junto a la estufa, y se los puso sentada en el banco de la cocina, con calma, y después se puso el abrigo.

—¿Puedo coger el teléfono?

—No.

—Vale.

En la puerta, con el aire frío de diciembre entrando, Clara Marrodán se volvió hacia la mujer que la había criado.

—No digas nada —dijo—. ¿Me oyes? Nada. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

—Clara.

—Nada.

Y salió a la calle entre Cuevas y Bañares, y en la calle del Horno había ya cuatro personas en camisón mirando desde los portales, porque en un pueblo de doscientos once habitantes un coche a las seis y media de la mañana es un acontecimiento público.

Aurora se quedó la última.

Petra Antoñanzas estaba de pie en mitad de la cocina, delante de la mesa con el hule verde, sin moverse.

—Señora Antoñanzas, tiene usted derecho a un abogado y a acompañarla al juzgado cuando pase a disposición.

Petra no la miró.

—¿Usted tiene hijos, teniente?

—Tengo una hija.

—¿De qué edad?

—Veintiuno.

Petra Antoñanzas asintió muy despacio, dos veces, como si aquella información resolviera algo.

—Entonces usted ya sabe lo que voy a hacer —dijo.