Merma 48 La decisión
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48 La decisión

El lunes treinta de noviembre, a las siete de la tarde, en el despacho del capitán Rincón, había cinco personas y una mesa con doce carpetas.

—Resumo —dijo Aurora—. Uno: presencia en el edificio, acreditada por cámara, por llave y por su propia declaración.

Dos: conocimiento de la cita, acreditado por tráfico telefónico y por su propia declaración.

Tres: acceso al panel de la válvula del depósito once, acreditado por formación y por función, con solo cuatro personas capaces en la bodega, dos de ellas descartadas por coartada.

Cuatro: acceso al código cuatro del cuadro de alarmas.

Cinco: uso del detector portátil del laboratorio a las veintidós cero cero.

Seis: tres partículas de esmalte de la barra en el puño derecho de su chaqueta de trabajo. Siete: móvil.

—Siete es lo que me preocupa —dijo el capitán Rincón.

—A mí también.

—Porque el móvil que usted plantea es raro, teniente. Una mujer mata para impedir que le cuenten una cosa que ella ya sabe desde hace doce años.

—No para que no se la cuenten —dijo Aurora—. Para que no se la cuenten delante de Petra.

—Explíquese otra vez.

Aurora se levantó.

—Bárbara Ijalba no iba a ir a la Guardia Civil y ya está; había ido, esa misma tarde, y lo había declarado, y no pasaba nada, porque está prescrito y nosotros no podemos hacer nada.

Lo que iba a hacer Bárbara Ijalba a las nueve de la noche era subir a una nave y decirle a Clara Marrodán, en voz alta, cara a cara: tu padre está ahí abajo y la que tapó la zanja fue Petra.

—¿Y?

—Y a partir de ese segundo, Clara Marrodán ya no puede volver a cenar con Petra Antoñanzas —dijo Aurora—.

Porque una cosa es callarte tú sola durante doce años en una cocina con un hule verde, y otra cosa es que exista en el mundo una persona que te lo ha dicho a la cara.

En el primer caso tú todavía puedes hacer como que no lo sabes.

En el segundo, no. En el segundo se acabó la casa, se acabó la mesa, se acabó todo, y esa mujer no tiene nada más.

No tiene padre, su madre se fue a Zaragoza cuando ella tenía cinco años y su vida entera son doscientos once habitantes y una bodega.

Se hizo silencio en el despacho.

—Es un móvil muy difícil de explicar a un jurado —dijo el capitán.

—Es un móvil muy fácil de explicar a un jurado —dijo la fiscal Sanz de Galdeano desde la puerta, donde llevaba dos minutos sin que nadie la oyera entrar—. Yo lo explico en una frase y la frase es esta: mató para no tener que enterarse.

Todo el mundo se volvió.

La fiscal entró y dejó el bolso en una silla.

—He estado hoy con el juez Quel dos horas —dijo—. Hay detención y hay registro. Y hay una cosa más, que me ha llegado a las seis y media y que ustedes no saben todavía.

—¿Cuál?

—El teléfono de Bárbara Ijalba tenía un mensaje escrito sin enviar —dijo Amparo Sanz de Galdeano—. Guardado en borradores a las veinte cuarenta y siete del miércoles siete de octubre, destinatario Clara. Dice: Estoy subiendo. No le digas nada a Petra hasta que hablemos tú y yo.

Aurora se quedó mirándola.

—No lo envió.

—No lo envió. Lo escribió y lo dejó. —La fiscal se sentó—. Pero yo, en un juicio, voy a leer esa frase en voz alta y voy a mirar al jurado. Porque esa mujer subió aquella noche con una sola idea en la cabeza, teniente, y era proteger a la niña que había visto crecer. Y la niña la encerró.