Merma 47 Un domingo de noviembre
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47 Un domingo de noviembre

El domingo veintidós de noviembre, Fermín Ollauri llevó a Aurora Jalón a ver una cosa.

Salieron de Haro a las diez, cruzaron el Ebro y subieron por una pista de tierra hasta un alto desde el que se veía el valle entero, el río, las bodegas, la línea del ferrocarril y, muy al fondo, la sierra con la primera nieve.

Fermín llevaba un termo.

—Aquí venía mi padre.

—Es bonito.

—Es bonito y no sirve para nada, que es lo mejor que puede ser un sitio.

Se sentaron en una piedra.

—Estás peor que el sábado pasado —dijo él.

—Estoy igual.

—Estás peor.

Aurora se abrazó las rodillas.

—Fermín, te voy a decir una cosa que no es del caso y que es del caso.

—Dime.

—En mi trabajo, a veces llega un momento en el que ya sabes lo que pasó, y lo que queda es solamente el papeleo de demostrarlo. Y la gente cree que ese momento es bueno.

—¿Y no lo es?

—Es el peor de todos —dijo Aurora—. Porque a partir de ahí ya no estás buscando. A partir de ahí estás construyendo lo que le va a caer encima a una persona concreta, que tiene una cara, y que te cae bien.

Fermín sirvió café en el tapón del termo y se lo dio.

—¿Y no hay manera de que no le caiga?

—No.

—¿Y si no lo hicieras tú lo haría otro?

—Eso es lo que se dice para dormir —dijo Aurora—. No siempre es verdad. A veces si no lo haces tú no lo hace nadie, y eso es justo lo que hace que sea tu trabajo.

Estuvieron callados un rato mirando el valle. Abajo, en Cenicero, se veía el humo de una chimenea.

—Yo tengo una cosa que decirte también —dijo Fermín—. Y tampoco es del caso.

—Dila.

—Que llevo desde septiembre yendo a la compra pensando en si a ti te gustan las alcachofas. —Se rascó la nuca—. Y que eso no me pasaba desde el noventa y tres.

Aurora se rió con la nariz metida en el tapón del termo.

—Me gustan.

—Ya lo sabía. —Fermín miró el valle—. Lo sabe todo Haro.

Volvieron a las dos. En el coche, delante del portal, Fermín paró el motor y no dijo nada, y Aurora tampoco, y estuvieron así medio minuto largo hasta que ella se giró y lo besó, y fue un beso de dos personas de cuarenta y ocho y cincuenta y dos años, es decir, un beso sin ninguna prisa y con mucha práctica antigua y ninguna reciente.

—Vale —dijo Fermín.

—Vale —dijo Aurora.

—¿Y la regla esa de no empezar nada en un caso vivo?

—Es una regla muy buena —dijo Aurora Jalón, abriendo la puerta del coche—. Llevo veintiséis años recomendándosela a todo el mundo.