46 Un piso en Nájera
El registro del domicilio de Clara Marrodán Ochoa en la calle Mártires de Nájera, tercero izquierda, se practicó el jueves diecinueve de noviembre a las ocho y diez de la mañana, con mandamiento del juzgado número uno y con la propia titular presente, tal como ella pidió.
El piso tenía sesenta y dos metros y estaba ordenado de una manera que a Aurora le pareció, desde el primer minuto, excesiva.
Había libros de enología, una estantería de vinos, un mueble con ropa doblada, una bicicleta, un ordenador portátil, doscientas once fotografías en una caja de zapatos y, en el cajón de abajo de la mesilla, una carpeta de anillas azul.
La carpeta la abrió la sargento Munilla y la fotografió antes de tocarla, como siempre.
Dentro había once documentos.
El primero era una fotocopia en papel de baja calidad del folio ciento doce del libro de registro de movimientos de Bodegas Lacorte del año mil novecientos noventa y nueve. En el margen, a lápiz, con letra pequeña y regular, había una anotación: no es la letra de Zaca. Es la de P.
El segundo era una fotocopia del albarán de Viveros Ijalba del dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, tres mil cien plantas, firmado P. A.
El tercero era una hoja impresa de una web jurídica con el artículo ciento treinta y uno del Código Penal, con dos líneas subrayadas en amarillo y, al lado, escrito a bolígrafo: 14-9-2019.
El cuarto era una fotocopia de la denuncia de desaparición de mil novecientos noventa y nueve.
El quinto era un plano catastral de la parcela ciento cuarenta y uno con una cruz a bolígrafo en la calle catorce.
El resto eran facturas, recortes de prensa antiguos sobre el Corral de las Pozas y una fotografía en color, de las de revelar, en la que se veía a un hombre joven con una navaja en la mano y una niña muy pequeña sentada en un cajón de vendimia.
Munilla levantó la vista.
Aurora estaba de pie en mitad del salón y Clara Marrodán estaba sentada en una silla de la cocina, con las manos en el regazo, mirando la pared.
—Clara.
—Diga.
—¿Desde cuándo tiene usted esta carpeta?
—Desde dos mil catorce.
—¿Desde dos mil catorce?
—Desde el veintiuno de agosto de dos mil catorce —dijo Clara Marrodán, con una voz perfectamente neutra—.
Yo tenía diecinueve años y estaba haciendo prácticas de verano en la bodega.
Fabián me mandó al desván a buscar unas declaraciones de cosecha para una auditoría. Y estuve cuatro horas allí arriba.
—¿Y qué encontró?
—Lo que encontró usted en septiembre. Lo mismo.
Es un desván, teniente, no es una caja fuerte.
—Clara seguía mirando la pared—. Encontré que la viña se plantó en el noventa y nueve.
Encontré que el depósito siete se descubó a los tres días y que esa línea la había escrito Petra.
Encontré el albarán con su firma. Y luego, con los años, fui encontrando lo demás.
—¿Y el plano con la cruz?
—El plano con la cruz lo hice en dos mil dieciséis.
—¿Por qué en la calle catorce?
Clara Marrodán se giró por fin y miró a la teniente Jalón a los ojos.
—Porque en la calle catorce hay tres cepas que no son como las demás —dijo—.
Y yo soy enóloga, y llevo desde los veintiuno entrando en esa parcela dos veces al mes, y esas tres cepas tienen la hoja distinta, y el racimo distinto, y brotan seis días antes.
Cualquiera de mi oficio lo habría visto. La diferencia es que yo sabía por qué.
En el salón no se movió nadie.
—¿Y no hizo usted nada durante doce años? —dijo Aurora.
—Hice una cosa —dijo Clara—. Todos los años, el catorce de septiembre, subía a la calle catorce y me quedaba un rato.