Merma 45 Lo que sí se puede
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45 Lo que sí se puede

La fiscal Sanz de Galdeano los recibió a los tres, a Aurora, a Cuevas y al capitán Rincón, el jueves cinco de noviembre, con el expediente en dos torres encima de la mesa.

—A ver —dijo—. Voy a hablar yo diez minutos y luego hablan ustedes.

Puso la mano en la torre de la izquierda.

—Esto es mil novecientos noventa y nueve. Aquí hay un hombre muerto, una inhumación ilegal, una falsedad en un libro y veintisiete años de mentira. Y aquí no hay nada que yo pueda llevar a un tribunal. Nada. Ni aunque me traigan ustedes una confesión grabada con notario.

Puso la mano en la torre de la derecha.

—Y esto es dos mil veintiséis. Y aquí hay una mujer de cuarenta y seis años a la que alguien encerró en una bóveda de piedra de dieciocho metros con una barra de hierro de once kilos, y le abrió, desde un panel que está a cuatro metros de esa puerta, la purga de un depósito de veinte mil litros en fermentación tumultuosa, y silenció dos alarmas con un código, y volvió cuarenta y ocho minutos después con un detector portátil a cerrar la válvula. Y eso, teniente, es alevosía de manual.

—¿Asesinato?

—Asesinato del artículo ciento treinta y nueve. La víctima estaba absolutamente indefensa y el autor lo sabía y lo eligió. Quince a veinticinco años. —La fiscal se echó atrás—. Ahora ustedes.

Aurora abrió su carpeta.

—Tenemos cuatro cosas y ninguna cierra sola —dijo—.

Una: la chaqueta de la taquilla con tres partículas del esmalte de la barra, que un abogado va a rebatir diciendo que trabaja allí.

Dos: el detector portátil, que es del laboratorio y al que tienen acceso tres personas, una de ellas una becaria de Alfaro que esa noche estaba en un concierto en Zaragoza con doscientas fotos que lo prueban.

Tres: el manejo del panel de la válvula, que según todos los testimonios saben hacer cuatro personas.

Y cuatro: la presencia en el edificio, que ella misma reconoce.

—Las cuatro apuntan a la misma persona.

—Las cuatro apuntan a dos personas —dijo Aurora—. A Petra Antoñanzas y a Clara Marrodán. Y a una de las dos la sitúan en el edificio la cámara del patio, el registro de la llave y su propia declaración.

—¿Y a la otra?

—A la otra la sitúa en su casa la palabra de la primera.

La fiscal cogió un bolígrafo y no escribió nada.

—Teniente, tengo que preguntarle una cosa muy fea.

—Adelante.

—¿Está usted convencida?

Aurora se tomó unos segundos.

—Estoy convencida desde el veintisiete de octubre y llevo desde entonces buscando la manera de no estarlo —dijo—.

Petra Antoñanzas es una mujer de cincuenta y seis años que lleva veintisiete pagando con su vida entera lo que hizo en una pasarela.

Esa mujer no encierra a nadie en un calado.

Esa mujer, si se ve descubierta, se sienta y lo cuenta, porque además hoy sabe perfectamente que no le pueden hacer nada; nos lo ha dicho su propio abogado.

Petra Antoñanzas no tenía absolutamente nada que ganar matando a Bárbara Ijalba.

—¿Y Clara Marrodán sí?

—Clara Marrodán no tenía nada que ganar tampoco —dijo Aurora—. Tenía algo que perder.

—¿El qué?

—A la mujer que la crió —dijo Aurora Jalón—.

Porque Bárbara Ijalba iba a subir esa noche a decirle a Clara que Petra estaba en aquel tractor.

Y Clara no podía permitir que esa frase se dijera en voz alta delante de ella.

Porque una cosa que se sabe y no se dice se puede seguir aguantando veintisiete años.

Y una cosa que alguien te dice a la cara, ya no.

La fiscal Sanz de Galdeano dejó el bolígrafo encima de la mesa.

—Necesito algo más —dijo—. Y necesito que no sea una emoción.