43 Catorce de septiembre
El martes tres de noviembre, a las nueve de la mañana, la teniente Jalón puso en la pizarra blanca un folio con una fecha escrita en rotulador rojo y se quedó de pie delante del equipo.
—Martes catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve —dijo—. Voy a contarlo como creo que pasó. Cuando acabe, quiero que me lo destrocéis.
Bebió agua.
—Sergio Marrodán tiene treinta y seis años, no tiene trabajo desde hace un año y medio y tiene la certeza, que es una certeza correcta, de que la viña la mató un herbicida y no sus injertos.
El día uno de septiembre va a un abogado en Logroño.
El seis recibe la carta: sin la firma de la madre no puede llevarse a la niña a Francia.
El nueve va al vivero de Uruñuela y deja cuarenta y dos varas de la viña vieja, cortadas de las cepas que todavía respiran en el borde del recodo, y le dice a Amparo Nalda que si le pasa algo se las dé a la niña.
—Eso es un hombre que se prepara para irse —dijo Cuevas.
—Eso es un hombre que se prepara para pelear —dijo Aurora—.
El domingo doce le dice a su mujer que el martes habla con Petra Antoñanzas.
El lunes trece duerme en el albergue de peregrinos, en la litera tres, porque es Año Santo y hay camas, y porque no tiene casa a la que volver, y porque se ha ido de la suya.
El catorce por la mañana coge un autobús a Logroño y vuelve.
Y el catorce por la noche, en plena vendimia, entra en la bodega.
Escribió tres palabras.
Depósito siete. Diecinueve mil ochocientos kilos. Tercer día.
—Lo que hay en el depósito siete el catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve es mosto de tempranillo en fermentación tumultuosa, con el sombrero de hollejos arriba, la temperatura a veintiocho o veintinueve grados y una manta de carbónico por encima del líquido que nadie ve.
—Aurora miró al equipo—. Y nosotros tenemos tártaro, hollejo, pepitas y raspón de ese depósito dentro de la cabeza de ese hombre.
—¿Cómo se entra en un depósito? —dijo Bañares.
—No se entra —dijo Aurora—. Se sube. En el noventa y nueve, los depósitos de acero de esa nave tenían escalera adosada y una pasarela de rejilla, y arriba una boca de hombre de cuarenta centímetros que se abre para hacer el remontado y para bajar el densímetro.
Y el labio de esa boca es un aro de acero de canto vivo.
Zorzano levantó la cabeza.
—El parietal.
—El parietal —dijo Aurora—. La doctora Pinillos dice hundimiento con un borde recto y otro astillado, compatible con caída contra un canto y compatible con golpe.
Los dos. Y en la parcela apareció medio fondo de barrica con la marca de la casa del noventa y nueve, que estaba debajo del cuerpo como una cuña.
—¿Y eso qué pinta ahí?
—Eso es lo que usas cuando tienes que mover a un hombre de setenta y ocho kilos tú sola desde una pasarela hasta un remolque —dijo Aurora—. Una tabla. Un fondo de barrica partido, curvo, de roble, que hay veinte en cualquier bodega. Lo metes debajo y lo arrastras.
Silencio.
—Así que lo que yo creo —dijo Aurora Jalón— es esto.
Sergio Marrodán sube a la pasarela detrás de ella, o delante de ella, porque estaban discutiendo y porque ella estaba trabajando, que eso es lo que se hace en vendimia a las once de la noche.
Discuten sobre la niña. Hay un empujón, o hay un golpe, o hay las dos cosas.
Él cae contra el labio de la boca del siete y se va dentro.
El depósito está a tres cuartos. Él queda con la cabeza por debajo del sombrero, inconsciente, con veinte centímetros de hollejo encima.
Respira mosto una vez. Y en esa boca, encima, hay ocho o diez por ciento de carbónico.
—¿Se puede sacar a alguien de ahí? —dijo Bañares en voz baja.
—Sola, no —dijo Aurora—. Si te metes, te mueres tú. Se necesita un arnés, dos personas fuera y una máscara. En el noventa y nueve eso no existía en una bodega de pueblo.
—Entonces él ya estaba muerto.
—Él estaba muriéndose y ella no podía hacer nada. —Aurora dejó el rotulador—. Y eso, que a mí me da una lástima infinita, es exactamente el punto en el que aquella mujer tomó la decisión de su vida. Porque lo que hizo a continuación no fue llamar al ciento doce. Fue descubar el depósito.
—Al tercer día —dijo Cuevas.
—Al tercer día. Diecinueve mil ochocientos kilos de uva a la basura, dos millones de pesetas, en una casa endeudada hasta el cuello, y una línea escrita después en el libro con la letra del capataz.
Y dos días más tarde, a las siete menos cuarto de la mañana, esa mujer está sola en un tractor tapando la última zanja de una parcela de once mil metros.
Se sentó.
—Destrozádmelo.
Nadie dijo nada durante un rato.
—No se puede juzgar —dijo Cuevas al final.
—No se puede juzgar —confirmó Aurora—. Está prescrito desde el catorce de septiembre de dos mil diecinueve. Esa mujer podría firmarlo hoy y cenar en su casa.
—¿Y entonces para qué lo contamos?
Aurora señaló la pizarra.
—Porque hay una segunda mujer muerta —dijo—, y porque el veintisiete de octubre yo le pregunté a Clara Marrodán si le había preguntado alguna vez a Petra Antoñanzas si había matado a su padre, y me dijo que no, y me dijo por qué. Y llevo seis días sin poder dormir por culpa de esa respuesta.
—¿Cuál era? —dijo Zorzano, que era nuevo.
—Porque si le pregunto, se acaba, y yo no tengo nada más —dijo Aurora Jalón—. Eso no es la frase de alguien que teme una respuesta. Eso es la frase de alguien que ya la tiene.