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42 Milagros vuelve

Milagros Ochoa Peña volvió a Valdecernada el domingo uno de noviembre, después de veintiséis años y siete meses, en un autobús que la dejó en la carretera, y subió andando los cuatrocientos metros hasta la plaza con una bolsa de tela.

Aurora la había llamado el miércoles. Le había dicho lo del ADN, lo de la mochila y lo de la carta del abogado, y le había preguntado si estaba dispuesta a declarar otra vez.

—¿Y la niña? —había dicho Milagros.

—La niña tiene treinta y un años.

—Ya lo sé. Es una manera de hablar.

Se vieron las tres en la sacristía, porque don Evaristo ofreció la sacristía y porque a nadie se le ocurrió un sitio mejor en aquel pueblo.

Clara llegó la última.

Madre e hija se miraron de pie, a dos metros, durante un tiempo que a Aurora le pareció interminable, y luego se sentaron en dos sillas de madera sin tocarse.

—Cuéntelo —dijo Aurora.

Milagros Ochoa apretó la bolsa de tela sobre las rodillas.

—En agosto del noventa y nueve tu padre y yo estábamos mal —dijo, mirando a Clara—. Mal de verdad. Yo no estaba bien y él bebía, y no teníamos un duro porque a él ya no le llamaba nadie para injertar, y en este pueblo nos miraban por la calle. Él quería irse a Francia. Y yo no quería ir.

—Eso ya lo sé.

—Lo que no sabes es lo otro.

Clara no dijo nada.

—Él quería llevarte —dijo Milagros—. No de vacaciones.

Para siempre. Decía que aquí ibas a crecer siendo la hija del que mató la viña.

Decía que en Burdeos había trabajo y escuelas y que nadie sabría nada de nosotros.

—Le empezó a temblar la barbilla—. Y yo le dije que no.

Y él fue a un abogado. Y el abogado le dijo que sin mi firma no podía.

—¿Y entonces?

—Y entonces vino a hablar con Petra.

Aurora se inclinó hacia delante.

—¿Por qué con Petra?

—Porque Petra la tenía todo el día —dijo Milagros—.

Porque yo estaba como estaba y porque desde mayo del noventa y nueve la niña comía en casa de Petra, dormía la siesta en casa de Petra y a veces se quedaba a dormir.

Petra tenía veintinueve años, no tenía hijos, no tenía marido y tenía una casa con un patio.

—Milagros miró a su hija—. Yo te dejé ahí, Clara. Yo. No me lo quitó nadie.

Clara Marrodán tenía las dos manos abiertas sobre las rodillas y estaba completamente inmóvil.

—¿Y qué le dijo mi padre a Petra?

—No lo sé. Yo no estaba.

—¿Y qué le dijo Petra a mi padre?

—Tampoco lo sé. —Milagros tragó—. Lo único que sé es que el domingo doce de septiembre Sergio vino a casa y me dijo, Milagros, el martes hablo con Petra y si la convenzo, la niña y yo nos vamos el jueves.

Nadie respiró en la sacristía.

—¿Convencerla de qué? —dijo Aurora.

Milagros Ochoa se encogió de hombros con una desolación absoluta.

—De que le dejara llevársela —dijo—. Porque para entonces, teniente, la que decidía sobre esa niña no era yo.