Merma 41 Don Evaristo
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41 Don Evaristo

El albergue de peregrinos de Valdecernada cerró en dos mil ocho. Había tenido doce literas, una ducha, una cocina con tres fuegos y un libro de firmas, y estaba en los bajos de la casa parroquial.

Don Evaristo tenía setenta y un años, era párroco de tres pueblos y llevaba el Camino en la cabeza como otros llevan un mapa.

—Mil novecientos noventa y nueve fue Año Santo —dijo, abriendo la puerta de un cuarto trastero con una llave grande—. Y el último Año Santo del siglo. Pasó gente que no ha vuelto a pasar nunca. Aquel verano yo sellé cuatro mil trescientas credenciales. Aquí lo tengo todo.

El cuarto olía a papel húmedo.

—Padre, ¿qué pasa cuando un peregrino se deja algo?

—Se guarda un año y luego se tira.

—¿Y usted lo tiró?

Don Evaristo la miró por encima de las gafas.

—Yo no he tirado un papel en mi vida —dijo—. Es un defecto. Pregunte usted en el obispado.

Sacó tres cajas de plástico con tapa. En la primera había gorras, dos bastones, un rosario, una petaca, cuatro pares de gafas, un chubasquero.

En la segunda, seis mochilas.

—Esto son veinte años —dijo—. De todos los años.

—¿Y sabe usted cuál es de cuándo?

—Sé que las que tienen una etiqueta de papel con una fecha las etiqueté yo. Las demás, no.

La cuarta mochila era una Karrimor azul, vieja, con una correa reparada con cinta americana, y tenía atada con un cordel una etiqueta de cartón amarillento en la que don Evaristo, con una letra clerical y clara, había escrito: 14-IX-99. Dejada en la litera 3.

Aurora se quedó mirando la etiqueta y le costó un momento hablar.

—Padre, ¿me permite llamar a la sargento de Criminalística antes de tocar esto?

—Llame usted a quien quiera.

La mochila se abrió a la mañana siguiente, en la Comandancia, sobre una mesa forrada de papel blanco, con Munilla, dos guantes y una cámara.

Dentro había:

Una camiseta gris, unos calcetines, una navaja de injertar Opinel con el mango manchado, un rollo de cinta de injertar de plástico rojo, un bote de mastic, una cantimplora, una linterna, un paquete de tabaco con tres cigarrillos, doscientas setenta pesetas sueltas y una cartera de plástico.

En la cartera: el documento nacional de identidad de Sergio Marrodán Ubis; un carné de conducir; una tarjeta de una gestoría de Nájera; un billete de autobús de Nájera a Logroño del catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve; y una fotografía de carné de una niña muy pequeña con un lazo, con una fecha detrás escrita a bolígrafo: Clara, 3 años.

Y en el bolsillo de malla del interior, doblada en cuatro, una hoja de papel con membrete de un despacho de abogados de Logroño, fechada el seis de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, dirigida a don Sergio Marrodán Ubis.

Aurora la leyó de pie.

Muy señor mío: en relación con su consulta del pasado día uno, le informo de que, no existiendo resolución judicial de separación ni convenio regulador, ambos progenitores ostentan la patria potestad y ninguno de ellos necesita autorización del otro para trasladar temporalmente al menor dentro del territorio nacional.

Para un traslado al extranjero con vocación de permanencia, en cambio, se requerirá el consentimiento expreso de la madre o, en su defecto, autorización judicial.

Le recomiendo, dada la situación que me expone, que no adopte ninguna vía de hecho.

Y al pie, escrito a lápiz, con la misma letra grande y torpe de la etiqueta de las cuarenta y dos varas:

Hablar con Petra el martes. Ella es la única que la tiene todo el día.