Merma 40 El aparato portátil
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40 El aparato portátil

Hay un objeto que en las bodegas modernas está siempre en el mismo sitio, colgado de un gancho a la entrada del laboratorio, y que casi nadie mira: un detector portátil de gases, del tamaño de un walkie pequeño, con una pinza de cinturón y una pantalla de dos líneas.

Bodegas Lacorte tenía dos, comprados en dos mil diecinueve por exigencia de la mutua después de un susto.

El viernes treinta de octubre, el ingeniero Raúl Bretón Aldama volcó la memoria de los dos delante de Aurora, de Cuevas y del secretario judicial, en la sala tres, porque para eso había pedido la teniente la diligencia.

—El aparato uno está muerto —dijo—. Batería a cero, sin registros desde febrero. Nadie lo carga.

—¿Y el dos?

—El dos está vivo y tiene la memoria llena. —Bretón conectó el cable—. Guarda mil registros con fecha y hora, y cada vez que se enciende deja una marca de encendido y otra de apagado.

En la pantalla salió una tabla.

—Lo que ustedes quieran ver, señalen.

—Miércoles siete de octubre —dijo Aurora.

Bretón filtró.

Y allí estaba.

Encendido: veintidós cero cero, cincuenta y dos segundos. Lectura máxima registrada: dióxido de carbono, cuarenta y seis mil ochocientas partes por millón, a las veintidós cero uno. Oxígeno: dieciocho coma dos por ciento. Apagado: veintidós cero seis, treinta y nueve segundos.

Nadie dijo nada durante casi medio minuto.

—Traduzca —dijo Aurora, aunque lo había entendido perfectamente.

—Alguien cogió este aparato, lo encendió a las diez de la noche y entró en una zona con casi cuarenta y siete mil partes por millón de carbónico —dijo Bretón—.

Eso es casi un cinco por ciento. A esa concentración usted se marea en un minuto y a los tres o cuatro está en el suelo, pero no cae de inmediato.

Si es usted una persona que sabe lo que hace y entra rápido, sin bajar, se puede permitir un minuto.

—¿Un minuto para qué?

—Para lo que se hizo a las veintidós cero dos —dijo el ingeniero—, que es devolver la válvula del once a la posición de colector desde el panel de la sala de trasiego. Y el panel está justo enfrente de la puerta del calado.

Aurora se levantó y fue a la ventana.

—O sea —dijo, de espaldas—, que a las diez de la noche alguien cogió un detector, se lo colgó del cinturón, bajó a la sala de trasiego sabiendo perfectamente que aquello estaba lleno de gas, cerró la válvula, y volvió a subir.

—Sí.

—Y estuvo seis minutos con el aparato encendido.

—Cinco minutos y cuarenta y siete segundos.

—¿Y no abrió la puerta del calado?

Bretón miró la tabla.

—Eso el aparato no lo dice.

—Pero la barra estaba fuera a las seis y media de la mañana —dijo Cuevas—. Y a las veintiuna once estaba puesta.

—Entonces alguien la quitó entre las veintiuna once y las seis y media —dijo Aurora—. Y a las veintidós cero dos había alguien ahí abajo con un detector en la mano.

Se volvió.

—¿Y a las veintidós cero dos había alguien vivo en el calado?

—No —dijo Bretón—. Con ochenta y nueve mil a las veintiuna treinta y uno, a las diez de la noche ahí abajo no había nadie vivo.

—Ya —dijo Aurora Jalón—. Por eso podía quitar la barra.