Merma 39 Verde ferretería
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39 Verde ferretería

La sargento Munilla llamó el jueves veintinueve de octubre a las siete y diez de la tarde.

—Aurora, tengo una cosa y no sé lo que vale.

—Dime.

—La barra de hierro de la puerta del calado. La raya de pintura de la hembra inferior.

—La recuerdo.

—Es un esmalte sintético de ferretería, verde, con óxido de hierro micáceo, de una marca que se vende en toda España, y la barra se pintó hace entre uno y tres años.

—Munilla hizo una pausa—. Pedí a Bretón que me dejara el registro del sistema, ¿te acuerdas?

Y de ahí saqué que la barra se puso a las veintiuna once, entre el segundo y el tercer evento, porque hay un microcorte de la baliza. Eso ya lo teníamos.

—¿Y?

—Y el veintiuno de octubre pedimos al juzgado la entrada en la bodega para las taquillas del personal. Catorce taquillas. La cuarenta y uno del pasillo del vestuario de mujeres es de Clara Marrodán.

Aurora se levantó y se apoyó en la pared.

—Sigue.

—Dentro hay una chaqueta de trabajo azul marino, de las de la bodega, con el logotipo bordado. En el puño derecho, por la cara interior, hay tres partículas de esmalte verde de entre cero coma dos y cero coma seis milímetros, incrustadas en la trama.

—¿Y coinciden?

—Coinciden en espectro infrarrojo, en pirólisis y en la secuencia de capas: imprimación gris, esmalte verde, y una veladura de suciedad por encima. Es el mismo bote.

Aurora cerró los ojos.

—Munilla, esa chaqueta es de la bodega. Esa barra es de la bodega. Esa mujer trabaja en esa bodega. Un abogado me tumba eso en dos minutos.

—Ya lo sé. Por eso te he dicho que no sé lo que vale.

—Munilla bajó la voz—. Pero te voy a decir una cosa: yo he tomado muestra de esmalte de otras once chaquetas del mismo vestuario, incluida la de Petra Antoñanzas, y de los guantes, y de los buzos.

En ninguna hay nada. Y he preguntado a mantenimiento cuándo fue la última vez que alguien movió esa barra antes del siete de octubre.

—¿Y?

—El diecisiete de mayo. Una visita de un grupo de Bilbao. La movió el de mantenimiento.

—¿Y desde entonces?

—Desde entonces, nadie. Esa puerta la abren dos veces al año. —Munilla respiró—. Y la barra pesa once kilos, Aurora. Para meterla en las hembras hay que cogerla con las dos manos y apoyártela en el antebrazo derecho.

Aurora miró la ventana negra del despacho.

—¿Cuándo se lavó por última vez esa chaqueta?

—Eso, le vas a tener que preguntar a ella.