Merma 38 La otra versión de seis minutos
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38 La otra versión de seis minutos

Clara Marrodán declaró al día siguiente, martes veintisiete de octubre, a las diez de la mañana, sin abogado, porque dijo que no lo necesitaba, y Aurora le advirtió dos veces de que sí.

—El miércoles siete de octubre, a las catorce cero tres, Petra Antoñanzas la llamó a usted por teléfono durante seis minutos y once segundos. ¿De qué hablaron?

—Del once, que iba caliente. Del nutriente. De la vendimiadora de Huércanos.

Era, palabra por palabra, la lista de Petra.

—¿Y de Bárbara Ijalba?

—No.

—¿Su tutora no le dijo que Bárbara Ijalba la había llamado esa mañana?

—No.

—¿Ni que iba a declarar en Logroño esa tarde?

—No.

—¿Ni que iba a subir a verla a usted esa noche?

—Yo ya sabía que iba a subir a verme esa noche —dijo Clara—. Lo habíamos quedado el martes. Se lo dije a usted el viernes.

Aurora asintió.

—Clara, ¿usted sabe lo que es una declaración coincidente?

—Supongo que dos personas que dicen lo mismo.

—Dos personas que dicen lo mismo con las mismas tres cosas y en el mismo orden —dijo Aurora—. El once, el nutriente, la vendimiadora. Ustedes dos llevan veintisiete años viviendo en la misma casa. Es normal que hablen igual. Pero también es lo que pasa cuando se prepara una versión.

—No hemos preparado nada.

—¿Han hablado ustedes dos de esta investigación?

Clara Marrodán se rió, sin ninguna alegría.

—Teniente, en la cocina de mi casa hay una mesa con un hule verde y hay dos mujeres que cenan ahí todas las noches —dijo—. ¿Usted qué cree que hablamos, del tiempo?

—Le estoy preguntando si han acordado qué decir.

—No.

—¿Le ha preguntado usted a Petra Antoñanzas si mató a su padre?

El aire de la sala tres cambió de temperatura.

Clara se quedó mirando la mesa un rato larguísimo. Cuevas dejó de escribir.

—No —dijo Clara.

—¿Por qué no?

—Porque no sabría qué hacer con la respuesta.

—Con cuál de las dos.

—Con ninguna de las dos —dijo Clara Marrodán, y por primera vez en dos meses se le rompió algo en la voz—.

¿Usted se cree que yo no me he hecho esa pregunta todas las noches desde el once de septiembre?

¿Usted se cree que yo no sé lo que está pensando todo el valle?

Esa mujer me dio de comer, me llevó al instituto en coche todos los días durante cuatro años, me pagó la carrera en Requena, me sacó de una fiesta en Logroño a las cinco de la mañana cuando yo tenía diecinueve años y no llamó a nadie ni me lo echó en cara nunca.

Y usted quiere que yo entre en la cocina y le pregunte si mató a mi padre.

—Quiero saber por qué no lo ha hecho.

—Porque si le pregunto, se acaba —dijo Clara—. Y yo no tengo nada más.

Aurora dejó pasar un momento entero antes de seguir.

—Clara, ¿quién cree usted que mató a Bárbara Ijalba?

—No lo sé.

—Es la primera vez en dos meses que le oigo decir no lo sé.

—Pues apúntelo —dijo Clara Marrodán—, porque no lo voy a repetir.