Merma 37 Nueve minutos y medio
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37 Nueve minutos y medio

Petra Antoñanzas llegó a la Comandancia el lunes veintiséis de octubre a las seis de la tarde con el letrado Berceo y con un abrigo de paño gris que Aurora no le había visto nunca.

—Señora Antoñanzas, el miércoles siete de octubre, a las trece cuarenta y ocho, usted recibió una llamada de Bárbara Ijalba de nueve minutos y treinta segundos en el teléfono fijo de su domicilio.

Petra no miró al abogado.

—Sí.

—El martes trece declaró usted ante el juez que no la veía desde junio y que no sabía nada de ninguna cita.

—Declaré que no la había visto desde junio, y es verdad. Y declaré que no sabía que hubiera quedado con Clara, y eso es mentira.

El letrado Berceo cerró los ojos un segundo.

—¿Por qué mintió?

—Porque no quería que ustedes supieran de qué habíamos hablado.

—¿Y de qué habían hablado?

Petra Antoñanzas se quitó el abrigo, lo dobló sobre el respaldo y se sentó.

—Bárbara me llamó para avisarme —dijo—. Me dijo que acababa de recordar que me había visto en un tractor tapando zanjas el dieciséis de septiembre del noventa y nueve a las siete menos cuarto de la mañana.

Me dijo que iba a declararlo esa tarde en Logroño.

Y me dijo que esa noche se lo iba a contar a Clara, porque le parecía que Clara tenía derecho a saberlo antes de leerlo en un papel.

—¿Y usted qué le dijo?

—Le dije que declarase lo que tuviera que declarar.

—¿Y lo de Clara?

—Le pedí que no.

—¿Por qué?

—Porque no era su historia —dijo Petra—. Porque la niña llevaba un mes viendo sacar a su padre de una zanja y porque si a Clara se lo tenía que contar alguien, ese alguien era yo.

—¿Y se lo contó?

Silencio.

—Señora Antoñanzas.

—No.

—¿No se lo contó?

—No se lo conté.

Aurora abrió la carpeta y sacó una hoja.

—Tráfico del fijo de la calle del Horno número cuatro, miércoles siete de octubre. Catorce cero tres. Llamada saliente al teléfono móvil de Clara Marrodán Ochoa. Seis minutos y once segundos.

Petra miró el papel sin tocarlo.

—Sí.

—¿Y de qué hablaron durante seis minutos y once segundos, quince minutos después de que Bárbara Ijalba le dijera a usted que esa noche iba a contarle a Clara que usted conducía aquel tractor?

Petra Antoñanzas se tomó su tiempo.

—Hablamos del depósito once —dijo—, que llevaba dos días a veintiocho grados y medio y que había que bajarlo. Y de que se acababa el nitrógeno del mosto y había que pedir nutriente a Logroño. Y de que había que llamar al de la vendimiadora de Huércanos.

—Seis minutos.

—En vendimia son seis minutos cortos.

—¿Y no le dijo nada de Bárbara Ijalba?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni que había llamado? ¿Ni que iba a subir esa noche?

—Nada —repitió Petra.

Aurora dejó el bolígrafo y se echó hacia atrás en la silla.

—Señora Antoñanzas, le voy a decir cómo me suena esto a mí. Me suena a que usted supo a la una y cuarenta y ocho de la tarde que esa mujer iba a hablar esa noche. Y me suena a que a las dos y tres llamó usted a la única persona que podía impedirlo.

El letrado Berceo se movió por fin.

—Teniente, esa afirmación no es una pregunta.

—Tiene razón. —Aurora se inclinó hacia delante—. Se la hago en pregunta. ¿Le pidió usted a Clara Marrodán que hablara con Bárbara Ijalba esa noche?

Y entonces Petra Antoñanzas hizo algo que Aurora no olvidó: se puso muy derecha, como si le hubieran dado una noticia, y en la cara se le movió por un instante una cosa que no era miedo a la pregunta.

Era miedo a la respuesta.

—No —dijo.