36 Tres personas
El lunes veintiséis de octubre, a las nueve de la mañana, la teniente Jalón cerró la puerta de la sala de reuniones, cosa que no hacía nunca, y escribió en la pizarra blanca una lista de cuatro nombres.
—Vamos a hacer una cosa desagradable —dijo—. Vamos a olvidarnos de mil novecientos noventa y nueve durante una hora.
—¿Cómo? —dijo Bañares.
—Que lo dejéis en el cajón. Un caso prescrito que no se puede juzgar nos está comiendo el cerebro a todos y llevamos dieciocho días mirando a una mujer de cincuenta y seis años porque nos cae bien la historia.
—Aurora golpeó la pizarra con el rotulador—.
Bárbara Ijalba murió el miércoles siete de octubre a las nueve y media de la noche.
Esa muerte no está prescrita. Esa es la nuestra. Empezamos de cero.
Se sentó.
—Primera pregunta. ¿Quién sabía que Bárbara Ijalba iba a subir a la bodega esa noche?
Silencio.
—Vamos a contarlo —dijo Aurora—. Uno: ella. Dos: yo, porque me lo dijo por teléfono el martes a las nueve y veinte de la noche. Tres: Cuevas, porque se lo dije yo el miércoles por la mañana. Cuatro: Clara Marrodán, porque ella misma le puso la cita.
Cuevas levantó la cabeza despacio.
—Cinco: el que oyera a Bárbara hablar por teléfono —dijo.
—Bien. ¿Con quién vivía Bárbara Ijalba?
—Sola —dijo Bañares—. Divorciada en dos mil dieciséis, sin hijos. Vive en la casa del vivero.
—¿Y en el vivero, quién trabaja?
—En octubre, dos personas. Ella y un chaval de Nájera de veintitrés años, que estaba de baja esa semana con una mano rota.
—¿Y el teléfono?
Zorzano ya lo tenía.
—El tráfico de llamadas del terminal de Bárbara Ijalba entre el martes seis a las ocho de la tarde y el miércoles siete a las veintiuna cero dos: once llamadas.
Cinco son de proveedores. Dos son de su hermana.
Una es de la teniente. Dos son a Clara Marrodán, la primera el martes a las siete y media, de cuatro minutos, y la segunda el miércoles a las once y cuarto de la mañana, de un minuto y veinte segundos.
—Eso son diez.
—Y una —dijo Zorzano— el miércoles a las trece cuarenta y ocho, de nueve minutos y treinta segundos, a un fijo de Valdecernada.
—¿A qué fijo?
El guardia levantó la vista de la pantalla.
—Al fijo de la casa de la calle del Horno, número cuatro —dijo—. El de Petra Antoñanzas.
Aurora se quedó muy quieta.
—Petra Antoñanzas declaró el martes trece, bajo juramento, en el juzgado, que no sabía que Bárbara Ijalba hubiera quedado con Clara —dijo—. Y declaró que no la veía desde junio.
—Nueve minutos y medio —dijo Cuevas.
—Nueve minutos y medio —repitió Aurora—. Traédmela.