Merma 35 Una noche mala
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35 Una noche mala

El sábado veinticuatro de octubre, Fermín Ollauri hizo alubias en su casa de Haro y Aurora llegó a las nueve y media, dos horas tarde, con la cara de dieciséis días seguidos.

Comieron en la cocina. Él no preguntó nada del caso durante cuarenta minutos, que era un ejercicio de contención admirable en un hombre que vivía a cuatro kilómetros del pueblo del que hablaba toda la Rioja.

A los cuarenta minutos preguntó.

—¿Es la Petra?

Aurora dejó la cuchara.

—Fermín.

—Ya. Perdona.

—No es que no quiera contártelo. Es que no te lo puedo contar.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Aurora se apoyó en la mesa—. No puedo contarte nada porque tú eres de Haro y conoces a media Rioja y mañana estás en el taller y entra un cliente y te dice algo y tú pones una cara, y esa cara vale una instrucción.

—Yo no pongo caras.

—Todo el mundo pone caras.

Fermín se levantó a por agua y volvió.

—¿Y qué hacemos?

—¿Con qué?

—Con esto. —Señaló la mesa, los dos platos, la cocina, el sábado—. Aurora, yo tengo cincuenta y dos años. Yo no tengo prisa, pero tampoco tengo cuarenta.

Aurora se quedó mirando el mantel.

—Hay una regla —dijo—. No escrita. En un caso vivo no se empieza nada. No porque esté prohibido, sino porque no funciona. Se te mete el caso dentro y luego no sabes si estás con alguien o estás descansando de otra cosa.

—¿Y cuánto dura un caso vivo?

—Este puede durar dos años.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale, pero yo no me voy a estar quieto dos años esperando a que se muera un expediente —dijo Fermín, sin agresividad, casi con humor—.

Así que te propongo otra cosa. Nos vemos.

Los sábados. No me cuentas nada. Yo no pregunto.

Y si alguna vez llegas a las dos de la mañana y no puedes hablar, te callas y ya está, que para callarse no hace falta tener novio.

—Novio.

—Es una palabra ridícula a nuestra edad.

—Es una palabra ridícula a cualquier edad —dijo Aurora, y se rió, y notó que llevaba dieciséis días sin reírse y que le costaba.

Fermín recogió los platos.

—Una cosa te voy a decir, eso sí. Como tonelero.

—Dime.

—El vino de la barrica se evapora. Un cinco por ciento al año, a veces más.

Eso se llama merma. —Fermín puso los platos en el fregadero y se quedó de espaldas—.

Y lo que se hace, cada quince días, durante dos años, es rellenar.

Tú abres la barrica, ves que ha bajado el nivel y echas vino de otra barrica hasta arriba, y cierras.

Y a la barrica, por fuera, no se le nota nada. Está igual de llena que el primer día.

Aurora lo miró.

—Sigue.

—Que si no rellenas, entra aire, y el vino se pica en tres semanas. —Fermín se dio la vuelta y se secó las manos—. Yo he conocido bodegueros que se han pasado la vida entera rellenando. Y tú te crees que están cuidando el vino. Y lo que están haciendo es tapar que falta.