Merma 34 El valle habla
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34 El valle habla

La noticia salió el viernes dieciséis de octubre en Diario La Rioja, firmada por Tere Gaínza, y ocupaba la portada y dos páginas.

El titular decía: Una viña de leyenda que tenía veintisiete años.

El subtítulo decía: La Guardia Civil investiga la muerte de una viverista en la misma bodega donde apareció un cadáver de mil novecientos noventa y nueve.

Tere Gaínza tenía treinta y ocho años y era buena.

No había publicado el nombre de Petra Antoñanzas ni el de Clara Marrodán.

Había publicado, en cambio, la fotografía del cartel de roble del camino alto, con las letras quemadas a fuego, y debajo, a dos columnas, la ortofoto de agosto del noventa y nueve con la parcela parda, que alguien del Gobierno de La Rioja le había pasado porque era pública y porque a alguien del Gobierno de La Rioja le apetecía que se supiera.

El sábado, en Valdecernada, cuatro personas dejaron de saludarse.

El domingo, en misa de doce, don Evaristo, que tenía setenta y un años y había sido hospitalero del albergue de peregrinos en mil novecientos noventa y nueve, dijo desde el ambón una cosa que se repitió en el valle durante meses:

—En este pueblo hemos sabido callar cuando había que hablar, y llevamos veintisiete años hablando de cuando había que callar. Y no nos ha salido bien ninguna de las dos.

El lunes, un comercial de una importadora danesa canceló un pedido de cuatro mil ochocientas botellas.

El martes, tres trabajadores de Bodegas Lacorte pidieron cita con el sindicato.

El miércoles, alguien pintó con espray en el muro de la nave nueva la palabra MENTIRA, en letras de sesenta centímetros, y el jueves Fabián Lacorte la tapó él mismo con un rodillo y pintura blanca que no cubría, y tuvo que dar tres manos, y todo el pueblo lo vio desde la carretera.

El viernes veintitrés de octubre, la teniente Jalón subió otra vez a la casa de la calle de las Bodegas y se sentó otra vez delante de Odón Peñacerrada.

—Don Odón, quiero que me diga usted una cosa y quiero que me la diga sin adornos.

—Diga.

—Si Petra Antoñanzas mató a ese hombre, ¿por qué se quedó?

El viejo se quedó pensando con las manos encima del libro de la cofradía.

—¿Cómo que por qué se quedó?

—Tenía veintinueve años, teniente. Era técnica con título.

En dos mil hacían falta enólogos en toda España, se pagaba bien, podía haberse ido a Ribera, a Somontano, a Chile, a donde quisiera.

Y en vez de eso se quedó veintisiete años en un pueblo de doscientos habitantes, en la misma bodega, a cuatrocientos metros de la fosa.

—Ya.

—Y no solo se quedó —dijo Aurora—. Se quedó con la hija.

Odón levantó la cabeza.

—Ahí está —dijo.

—¿Dónde está?

—Ahí está lo que nadie de aquí le va a saber explicar a usted.

—El viejo se frotó la barbilla con el dorso de la mano—.

Teniente, a mí me han preguntado ustedes por herbicidas y por tractores y por libros.

Yo le voy a decir lo único que sé y que no me ha preguntado nadie.

Aquella mujer no cogió a la niña por caridad.

Aquella mujer cogió a la niña como el que se agarra a un hierro ardiendo.

—Explíquemelo.

—No sé explicárselo.

—Inténtelo.

Odón Peñacerrada se quedó callado, y luego dijo:

—Yo he visto mucha gente cuidar a alguien. Y hay uno que cuida porque quiere, y hay otro que cuida porque debe, y luego hay un tercero. —Miró a Aurora—. El tercero es el que cuida porque si para de cuidar, se le cae encima la casa. Y a ese se le nota en que no descansa nunca.