33 La coartada de la casa del Horno
Petra Antoñanzas declaró sobre la noche del siete de octubre el martes trece, en el juzgado, ya con abogado, un letrado de Logroño llamado Nicolás Berceo que tenía sesenta y un años y una manera de escuchar sin mover un músculo.
—¿Dónde estaba usted el miércoles siete de octubre entre las ocho y las once de la noche?
—En mi casa.
—¿Sola?
—Sola hasta las once y media.
—¿Y a las once y media?
—Llegó Clara.
—¿Y usted estaba despierta?
—Estaba despierta. En vendimia no me acuesto hasta que llega.
—¿Y qué hicieron?
—Cenar dos huevos fritos, que no había cenado ninguna de las dos, y hablar del once y del ocho, que iban altos de temperatura.
—¿Estaba Clara Marrodán normal?
—Clara Marrodán llevaba un mes sin estar normal, señoría, y hay un hombre desenterrado en el Corral de las Pozas que es su padre —dijo Petra—. Si me pregunta si estaba alterada, le diré que sí. Si me pregunta si estaba más alterada que el martes, le diré que no lo sé.
El juez Quel apuntó algo.
—Señora Antoñanzas —dijo Aurora—, ¿conocía usted a Bárbara Ijalba?
—De toda la vida. Le compramos planta durante veinte años. A su madre primero y a ella después.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—En junio, en una feria en Haro.
—¿Sabía usted que había declarado el miércoles por la tarde en la Comandancia?
—No.
—¿Sabía usted que había quedado esa noche con Clara?
Petra Antoñanzas se quedó quieta.
—No —dijo.
—¿Segura?
—Teniente, hay tres personas en este valle que me dicen las cosas y una es Clara, y Clara no me dijo que hubiera quedado con Bárbara. Me lo dijo el jueves, llorando, en la cocina, a las siete y media de la mañana.
Aurora abrió la carpeta.
—El detector de carbónico de la nave se silenció dos veces con el código del laboratorio.
—Cuatro tres cero nueve —dijo Petra inmediatamente.
—¿Perdone?
—Que el código es cuatro tres cero nueve, y está escrito con rotulador negro debajo del cuadro, y lo sabe todo el que ha trabajado en esa nave en quince años, y todo el que ha hecho una visita guiada y se ha agachado a atarse el zapato.
—Petra hablaba más rápido de lo habitual y se dio cuenta ella misma y bajó el ritmo—. Yo no estuve en la bodega esa noche.
—¿Y la válvula del depósito once?
—La válvula del once se maneja desde un panel de la sala de trasiego que tiene tres posiciones y una palanca amarilla.
—¿Y cualquiera sabe usarla?
Petra Antoñanzas se quedó callada.
—No —dijo al final—. Eso no lo sabe cualquiera.
—¿Quién lo sabe?
—El que limpia depósitos. El de mantenimiento. Fabián no, seguro. Yo. Y Clara.
El letrado Berceo puso una mano en la mesa, muy suavemente.
—Mi clienta ha contestado.
—Su clienta ha contestado muy bien —dijo Aurora—. Señora Antoñanzas, última pregunta de hoy. El dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, a las siete menos cuarto de la mañana, ¿conducía usted un tractor con pala en la parcela ciento cuarenta y uno?
Y por primera vez en cuatro entrevistas, Petra Antoñanzas Vergara tardó en contestar.
—Sí —dijo.
—¿Qué hacía?
—Tapar zanjas.
—¿Por qué usted?
—Porque no había nadie más —dijo Petra—.
Porque eran las siete menos cuarto de la mañana, porque el tractorista entraba a las ocho, porque teníamos tres mil cien plantas llegando y cuatro días, y porque yo era la que había matado aquella viña y me parecía que lo mínimo era volver a plantarla con mis manos.
Se hizo un silencio muy largo en la sala.
—Es una respuesta muy buena —dijo Aurora en voz baja.
—Es la verdad —dijo Petra.
—Es las dos cosas —dijo Aurora Jalón—. Casi siempre lo son.