32 Setenta y dos horas
A Fabián Lacorte lo detuvieron el lunes doce de octubre a las siete y media de la mañana en su domicilio, en presencia de su mujer y de una hija de veinticuatro años, y se lo llevaron a Logroño en un coche sin distintivos porque Aurora tuvo esa deferencia y porque no servía de nada humillar a un hombre en la puerta de su casa a las siete y media.
Pasó en dependencias cincuenta y una horas.
Declaró tres veces.
La primera, sobre la noche del siete de octubre: cenó en su casa a las nueve menos cuarto, lo confirmaron su mujer, su hija y el registro de un pedido a domicilio de una pizzería de Nájera con hora de entrega a las veintiuna once y firma electrónica del repartidor.
La segunda, sobre la etiqueta. Ahí no se defendió. Reconoció el fraude entero, con fechas, con cifras, con el número de contraetiquetas de cada campaña, y su abogado ponía cara de hombre a quien su cliente no ha hecho el menor caso.
La tercera, sobre mil novecientos noventa y nueve.
—Yo no maté a Sergio Marrodán.
—¿Sabía usted que estaba ahí?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Señor Lacorte, en esa parcela se abrió una zanja de desfonde y se plantaron tres mil cien plantas en seis días, en septiembre, que es la peor época del año para plantar. ¿Por qué esa prisa?
Fabián Lacorte se miró las manos.
—Por el banco —dijo—. La revisión de la tasación era en octubre. Si el perito subía al camino alto y veía una hectárea de tierra muerta, se acababa todo. Y con la viña plantada, desde el camino se ve verde y no se ve nada más.
—¿Quién organizó la plantación?
—Petra.
—¿Y usted dónde estaba?
—En Burdeos.
La sala se quedó absolutamente en silencio.
Aurora sintió el bolígrafo entre los dedos.
—¿Cómo dice?
—Que en septiembre del noventa y nueve yo estuve en Burdeos, en Vinexpo no, que eso es en junio, en una feria pequeña de importadores, tres días. —Fabián levantó la vista y vio la cara de la teniente—. ¿Qué?
—¿Qué días?
—No me acuerdo. A mitad de mes.
—Señor Lacorte, ¿fue usted a Burdeos en noviembre del noventa y nueve?
—Sí.
—¿Y en enero de dos mil?
—Sí. —Empezó a entender algo y se puso rojo—. Oiga, yo iba a Burdeos cuatro veces al año durante quince años. Tengo los recibos. Era mi mercado.
—¿Y mandó usted dinero desde Burdeos a España?
—¿Yo? No.
—¿Nunca?
—¿A quién?
Aurora no contestó. Anotó tres palabras en la libreta y pasó a otra cosa, y aquella tarde el equipo se pasó cinco horas con un fajo de facturas de hotel de mil novecientos noventa y nueve que Fabián Lacorte, que era un desastre para todo menos para guardar papeles de Hacienda, tenía en una carpeta del desván.
Hotel Continental, Burdeos, noches del trece al dieciséis de septiembre.
Hotel Continental, Burdeos, noches del veinticuatro al veintiséis de noviembre.
Hotel Continental, Burdeos, noches del once al trece de enero de dos mil.
Los giros se habían emitido el veinticinco de noviembre y el doce de enero.
—Está —dijo Cuevas.
—Está —dijo Aurora—. Está en Burdeos los dos días exactos.
—Entonces fue él.
—O entonces alguien sabía perfectamente cuándo iba él —dijo Aurora—, y lo sabía porque se lo apuntaba en una agenda, y le pidió un favor, o le cogió el impreso, o fue en el mismo coche.
El miércoles catorce de octubre, a las diez y cuarto de la mañana, Fabián Lacorte pasó a disposición del juzgado de instrucción número uno de Nájera como investigado por un delito continuado de fraude en la calidad de productos amparados por denominación de origen y por falsedad en documento mercantil, quedó en libertad con cargos, con retirada de pasaporte y comparecencia quincenal, y salió del juzgado a la una menos veinte con el traje puesto y la corbata en el bolsillo.
No había nada, absolutamente nada, que lo relacionara con la muerte de Bárbara Ijalba.