Merma 31 Veintiuna cero dos
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31 Veintiuna cero dos

La grabación de la cámara del patio se volcó el jueves por la noche y se visionó el viernes por la mañana, entera, cuarenta y ocho horas a velocidad cuádruple, por el guardia Zorzano, que empezó a las siete y acabó a las once y veinte con los ojos rojos.

Lo que había era esto.

Miércoles siete de octubre. Turno de tarde saliendo entre las diecinueve cincuenta y dos y las veinte cero cuatro: seis personas, seis coches.

A las veinte doce, un turismo blanco sale del patio; es el de Fabián Lacorte.

A las veinte cincuenta y uno, nada. A las veintiuna cero dos, un Seat gris entra, aparca junto a la báscula y de él baja una mujer con chaqueta vaquera y bolso cruzado que camina cuarenta y un pasos y entra en la nave.

A las veintiuna cuarenta y ocho no sale nadie.

A las veintitrés treinta y seis, Clara Marrodán sale de la nave, cierra con llave, cruza el patio, se detiene tres segundos junto al Seat gris aparcado, mira hacia la nave, se sube a su propio coche y se va.

Aurora vio esos tres segundos catorce veces.

La citó a las cuatro de la tarde en la Comandancia de Logroño y esta vez no fue una conversación en un porche.

—Clara, ayer le pregunté si Bárbara Ijalba subió a la bodega y usted me dijo que no.

—Y no subió.

Aurora giró la pantalla del portátil y le puso el vídeo. Veintiuna cero dos. La chaqueta vaquera. Los cuarenta y un pasos. La puerta.

Clara Marrodán se quedó mirando la pantalla y no dijo nada durante ocho segundos.

—No la vi —dijo.

—Está usted en el edificio.

—Estaba en la pasarela.

—Explíquese.

—La nave tiene doce depósitos de cinco metros y medio de alto, en dos filas, con una pasarela por encima a la que se sube por una escalera de gato.

—Clara hablaba despacio, sin defenderse, como si estuviera explicando un procedimiento a una becaria—.

Yo estaba haciendo densidades y temperaturas en los doce.

Eso son cuarenta minutos ahí arriba, abriendo tapas y metiendo el densímetro.

Y a las nueve estaban en marcha las bombas de remontado del cuatro, el cinco, el ocho y el once.

Cuatro bombas. Ahí arriba no se oye nada.

Ni la puerta, ni una voz, ni un grito, ni una sirena de alarma.

—Hubo una sirena.

—Ya lo sé. La han silenciado a los cuarenta segundos, según me han dicho. Yo desde arriba no la oigo ni cuarenta segundos ni cuatro minutos. Suba usted conmigo cualquier noche de estas y lo comprueba.

—¿Y al bajar?

—Al bajar, a las diez y cuarto o así, fui al laboratorio, cargué las densidades en el ordenador, limpié y me fui.

—¿Y no pasó por la sala de trasiego?

—No.

—¿Y no vio la puerta del calado?

—Desde el laboratorio no se ve.

—¿Y el coche?

Clara tragó saliva por primera vez.

—El coche lo vi.

—Tres segundos.

—Tres segundos.

—¿Y qué pensó?

—Pensé que se había venido y se había ido andando al bar de Valdecernada con alguien, que es una cosa que hace la gente. —Clara levantó la cara—. Pensé que no había querido subir a hablar conmigo. Y me dio rabia. Eso fue lo que pensé, teniente: me dio rabia. Y me fui a mi casa.

Aurora la observó un rato largo.

—Clara, ¿usted sabía de qué quería hablarle Bárbara Ijalba?

—Me dijo que de mi padre.

—¿Y qué de su padre?

—No me lo dijo.

—¿Y no se lo preguntó?

—Se lo pregunté y me dijo que por teléfono no. —Clara se pasó la mano por la cara—. Y yo le dije que subiera a las nueve. Y por eso está muerta.

—Eso no lo sabe usted.

—Eso lo sabe usted y lo sé yo —dijo Clara Marrodán—. Y va a hacer que no lo sabemos las dos porque así se trabaja mejor.