Merma 30 Cuarenta y uno
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30 Cuarenta y uno

El jueves ocho de octubre, a las siete y media de la tarde, cuando llevaban trece horas trabajando, el cabo Bañares entró en la sala con un folio en la mano y una cara que no encajaba en nada de lo que estaba pasando.

—Mi teniente. El ADN.

Aurora tardó un segundo en entender de qué hablaba.

—¿Del noventa y nueve?

—Del noventa y nueve. Ha llegado esta tarde y con el lío no lo ha visto nadie.

Le dio el folio.

Perfil genético obtenido a partir de cortical de fémur derecho. Comparación con muestra de referencia de doña Clara Marrodán Ochoa. Índice de paternidad: cuatro coma uno por diez elevado a seis. Probabilidad de parentesco: noventa y nueve coma nueve nueve nueve nueve por ciento.

Los restos exhumados el once de septiembre de dos mil veintiséis en el polígono nueve, parcela ciento cuarenta y uno del término municipal de Valdecernada, corresponden a don Sergio Marrodán Ubis, nacido el ocho de enero de mil novecientos sesenta y tres, con una probabilidad estadística compatible con la relación biológica padre hija.

Aurora leyó el folio dos veces, lo dejó en la mesa y se quedó con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—Tenía treinta y seis años —dijo.

—Sí, mi teniente.

—Y la niña tenía cuatro.

—Sí.

—Y estuvo veintisiete años a cuarenta y un metros de la carretera por la que pasaba ella todos los días para ir al instituto.

Bañares no dijo nada, porque no había nada que decir.

Aurora miró el reloj. Las siete y treinta y cinco. En el pasillo se oían los teléfonos de la sala grande y la máquina de café.

—Voy yo —dijo.

—¿Sola?

—Sola.

Condujo a Valdecernada por la carretera vieja. Era de noche y en el valle olía a vendimia, ese olor dulce y ácido a la vez que sale de las bodegas en octubre y que se pega a la ropa.

Clara Marrodán estaba en el patio de la casa de la calle del Horno, sentada en un poyo de piedra, con un jersey grande y un cigarrillo que no se estaba fumando. A dos metros, en un tiesto de barro del tamaño de un cubo, había una planta de vid, vieja, torcida, atada a una caña.

—Ya lo sé —dijo Clara antes de que Aurora abriera la boca—. Se lo he leído en la cara desde el portal.

Aurora se sentó en el poyo, a un metro de ella.

—Es él.

—Ya.

—Lo siento mucho.

—Ya.

Estuvieron calladas un rato largo. Dentro de la casa, en la cocina, había luz.

—Llevo veintisiete años teniendo dos historias —dijo Clara al final, sin mirarla—.

En una, mi padre era un borracho que se largó a Francia y no volvió a llamar.

En la otra, mi padre era un hombre al que le quitaron el oficio con una mentira y que se murió en algún sitio sin que nadie lo buscara.

He vivido con las dos. Me despertaba con una y me acostaba con la otra.

—¿Y ahora?

—Ahora ya solo hay una —dijo Clara Marrodán—, y resulta que llevaba veintisiete años debajo de mis pies.

Aurora esperó.

—Clara, tengo que preguntarle una cosa y no es un buen momento y la tengo que preguntar igual.

—Pregunte.

—¿Dónde estaba usted anoche entre las nueve y las diez?

Clara se giró y la miró de frente por primera vez.

—En la nave —dijo—. Sola. Haciendo densidades y remontados hasta las once y media. No hay nadie que lo vea, porque en vendimia el turno de tarde acaba a las ocho y a las nueve de la noche la bodega es mía.

—¿Y Bárbara Ijalba?

—No subió —dijo Clara—. Quedamos a las nueve y no subió. La estuve esperando media hora. La llamé dos veces y no me lo cogió, y pensé que se habría arrepentido.

—¿Está usted segura?

—Teniente —dijo Clara Marrodán—, esa mujer llevaba muerta cuatro metros por debajo de mí y a treinta pasos, y yo estaba haciendo densidades. Sí, estoy segura. Ojalá no lo estuviera.