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29 La doctora Lacalle

La autopsia se practicó el viernes nueve de octubre en el Instituto de Medicina Legal de La Rioja, en Logroño, por la doctora Remedios Lacalle Benito, cincuenta y seis años, médico forense desde mil novecientos noventa y siete.

—Voy a decir primero lo que no hay —dijo, con la bata puesta y las gafas en la frente—.

No hay traumatismo relevante. Tiene una contusión en la rodilla derecha y una en el pómulo izquierdo, las dos compatibles con la caída.

No hay signos de sujeción. No hay lesiones de defensa.

No hay signos de agresión sexual. No hay tóxicos: alcoholemia cero coma cero dos, que es nada, y el resto del cribado, limpio.

—¿Y lo que hay?

—Lo que hay es una asfixia.

Se acercó al negatoscopio.

—Congestión visceral generalizada, edema pulmonar agudo, petequias en pleura y en pericardio, sangre fluida y oscura.

Es el cuadro clásico de la asfixia por desplazamiento de oxígeno.

—Se volvió—. El problema del carbónico es que no deja un marcador propio.

No es como el monóxido, que te tiñe la sangre de rosa cereza y te da una carboxihemoglobina del sesenta por ciento y ya está.

Con el dióxido de carbono la autopsia sola no te lo dice.

—Entonces no puede afirmarlo.

—Yo sola no. Yo con el registro del detector, sí, y con mucha firmeza.

—La doctora Lacalle se sentó en el taburete—.

Teniente, esto es un diagnóstico de conjunto.

Tengo un cadáver con signos de asfixia sin causa mecánica, en un espacio cerrado, con una medición instrumental de ochenta y nueve mil partes por millón de dióxido de carbono en el aire de ese espacio a la hora de la muerte.

Ochenta y nueve mil es nueve por ciento.

A partir del siete por ciento se pierde la conciencia en menos de un minuto.

A partir del diez por ciento se muere en pocos minutos y no hay nada que hacer.

—¿Sufrió?

Era una pregunta que Aurora no solía hacer y que hizo.

—Poco —dijo la doctora Lacalle—. Y esa es la parte cruel.

El carbónico no te ahoga como el agua. Lo que hace es que el cuerpo sí lo nota: la hipercapnia da una sensación de falta de aire brutal, mucho peor que quedarse sin oxígeno a secas.

Ella supo que se estaba ahogando. Supo que tenía que subir. Y luego se fue muy rápido.

Aurora asintió.

—Hora de la muerte.

—Entre las nueve y las diez de la noche del miércoles. Con el registro del detector, yo diría entre las nueve y veinte y las nueve y treinta y cinco.

—¿Algo más?

La doctora Lacalle cogió una bolsa de la mesa.

—Una cosa que a lo mejor no es nada. Tenía las dos manos limpias, pero debajo de la uña del índice derecho había una lámina de un material blanco, de medio milímetro, que no es suciedad.

—¿Qué es?

—Es bitartrato potásico —dijo la doctora Lacalle—. El laboratorio lo ha confirmado esta mañana. Tártaro. De la costra de una barrica o de una tina.

Aurora se quedó mirando la bolsita.

—Estaba tocando una barrica.

—Estaba arañando una barrica —corrigió la doctora—. Con fuerza suficiente para meterse el tártaro bajo la uña. Yo eso solo lo he visto en gente que se agarra a algo mientras se cae.