28 Ochenta y nueve mil doscientas
El ingeniero se llamaba Raúl Bretón Aldama, tenía cuarenta y dos años, trabajaba para una empresa de Logroño que instalaba y mantenía sistemas de detección de gases en bodegas de toda la Rioja y la Ribera, y llegó a las cuatro de la tarde con un maletín y un portátil que tenía una pegatina de una banda de heavy metal.
Tardó veinte minutos en volcar la memoria del detector y del cuadro.
Luego puso la pantalla delante de Aurora y de la fiscal, que había subido desde Logroño, y de Fabián Lacorte, que estaba blanco.
—Esto es la curva —dijo—. Registra cada treinta segundos y guarda noventa días. Miren.
La línea subía desde los cuatrocientos cincuenta de fondo, planita, planita, y a las veintiuna once daba un codo y se iba hacia arriba como un cohete.
—A las veintiuna catorce cruza cinco mil, que es el primer umbral. Suena la sirena y se enciende la baliza.
—¿Y?
—Y cuarenta segundos después alguien la silencia.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque el cuadro guarda el evento. —Bretón amplió una tabla—. Aquí: alarma nivel uno, silenciada, con código. Y aquí, a las veintiuna diecinueve, alarma nivel dos, treinta mil, silenciada, con código. Y ahora fíjense en esto, que es lo que me ha llamado la atención.
Señaló una columna.
—El sistema tiene cuatro códigos de usuario. El uno es el del instalador, que soy yo. El dos es el de dirección. El tres es el de la nave. Y el cuatro es el del laboratorio.
—¿Y cuál se usó?
—El cuatro. Las dos veces.
Aurora oyó, muy claramente, a Fabián Lacorte tragar saliva.
—¿Y qué más?
—Que hay un tercer evento. —Bretón bajó dos líneas—. A las veintiuna cero nueve, dos minutos antes de que empiece a subir la curva, alguien abrió la válvula de purga de cabeza del depósito once desde el panel de la sala de trasiego.
—Explíquemelo.
—El once es el depósito más grande y en ese momento estaba en plena fermentación tumultuosa.
—Bretón dibujó en el aire—. Los depósitos tienen una salida de gases arriba.
Normalmente evacúa a un colector que sale a la cubierta.
Pero hay una válvula de tres vías, para poder purgar a la sala cuando se limpia.
Si usted pone esa válvula en la posición de sala, todo el carbónico de veinte mil litros en fermentación, que son más de mil litros de gas por hora, sale por un tubo de cuatro pulgadas a la sala de trasiego.
—¿Y de la sala de trasiego?
—Y de la sala de trasiego baja solo. —Bretón se encogió de hombros—. Es un agujero de cuatro metros de profundidad con una puerta abierta. El carbónico cae ahí como cae el agua por un desagüe. En diez minutos tiene usted el calado lleno.
Nadie dijo nada durante un rato.
—¿Eso puede pasar por accidente? —preguntó la fiscal.
Raúl Bretón Aldama se lo pensó, porque era un hombre serio.
—La válvula puede quedarse mal puesta por accidente, sí —dijo—.
Pasa. Se limpia un depósito y se olvida uno de devolverla.
Pero entonces la alarma suena y suena y suena, y no se silencia dos veces con el código del laboratorio, y a la mañana siguiente no está la barra de la puerta en el suelo por fuera.
—¿Y luego?
—Y luego hay un cuarto evento —dijo el ingeniero—. A las veintidós cero dos, la válvula vuelve a la posición de colector. Desde el mismo panel.
Aurora se levantó y salió al patio sin decir nada, y estuvo cuatro minutos mirando la báscula y el remolque vacío y los cinco kilómetros de viña del otro lado del río.
Después volvió a entrar.
—Señor Lacorte —dijo—. ¿Quién tiene el código cuatro?
Fabián Lacorte tenía la mirada fija en un punto de la mesa.
—El laboratorio —dijo.
—¿Quién es el laboratorio?
—Petra. Y Clara. Y la becaria, que este año es una chica de Alfaro que se llama Sheila.
—¿Y quién más lo sabe?
—Teniente —dijo Fabián Lacorte con una voz rara—, ese código son cuatro números y lleva puesto desde que se instaló el sistema en dos mil once, y está escrito con rotulador en la parte de abajo del cuadro, porque si no, no se acuerda nadie.