Merma 27 Lo que pesa el aire
44%

27 Lo que pesa el aire

El dióxido de carbono pesa un cincuenta y dos por ciento más que el aire.

Fue lo primero que dijo la teniente Jalón cuando llegó, a las ocho y diez, y lo dijo en voz alta al aire del patio, para sí misma, como quien repasa una tabla de multiplicar antes de un examen.

—Se queda abajo —dijo Cuevas.

—Se queda abajo y no huele, y no irrita, y no avisa. Por eso se mata gente en las bodegas todos los años.

Tuvieron que esperar dos horas.

Bajaron primero los bomberos de Nájera, con equipo autónomo y con un medidor, y ventilaron el calado con un extractor de manguera durante cincuenta minutos, y hasta las diez y media no hubo por debajo de mil partes por millón en el suelo de la bóveda, que era el aire que respiraba una persona tumbada.

Después bajó la sargento Munilla con su equipo.

Y después bajó Aurora.

El calado olía a piedra mojada y a madera y a levadura. Las cuarenta barricas estaban en dos filas sobre calzos de roble. En la mesa de nogal había dos copas limpias del revés, un sacacorchos y un plato con seis almendras.

Bárbara Ijalba estaba al pie de los escalones, boca abajo, con la cara girada hacia la izquierda, un brazo debajo del cuerpo y otro extendido hacia arriba, hacia el tercer escalón.

—Subía —dijo Munilla.

—Subía —dijo Aurora.

—Se ha caído en el segundo o el tercero. Mira la rozadura de la rodilla derecha en el canto de la piedra.

—¿Y por qué se cae en el tercer escalón?

—Porque el gas estaba a esa altura. —Munilla señaló con el puntero láser una línea invisible—.

Ella entra, baja, respira aire bueno arriba y aire malo abajo.

Al principio no nota nada. A los tres o cuatro minutos empieza a jadear, se marea, se asusta y va a la escalera.

Le quedan doce segundos de conciencia. Sube dos escalones y cae.

Y al caer, la cara le queda a veinte centímetros del suelo, que es donde el aire tiene un noventa por ciento de carbónico.

Aurora subió despacio los cuatro escalones y se quedó arriba, en la sala de trasiego, mirando la puerta de roble.

—Munilla.

—Dime.

—El tranco.

La sargento subió detrás de ella.

El tranco era una barra de hierro forjado de un metro veinte y once kilos, con dos garfios que encajaban en dos hembras de la jamba. Estaba en el suelo, a la izquierda de la puerta, apoyado en la pared y ligeramente separado de ella.

—Está por fuera —dijo Aurora.

—Está por fuera.

—Desde dentro no se puede poner.

—Desde dentro no se puede ni tocar.

—¿Y desde dentro se puede quitar?

Munilla se agachó y miró las hembras con la linterna oblicua.

—Aurora, mira aquí.

En el hierro de la hembra inferior, en la parte interna, había una raya de pintura verde oscura, fresca, de dos centímetros, y en el suelo, debajo, una lasca de la misma pintura.

—¿Y eso?

—Eso es que alguien ha metido el tranco con prisa y ha rayado la pintura.

—Munilla se levantó—. Y la pintura de esa barra es del año pasado, que la pintó alguien con esmalte verde de ferretería.

Esta raya es reciente, Aurora. Y es reciente por dentro, que es donde la barra roza cuando entra, no cuando sale.

Aurora se apartó de la puerta y miró el pasillo, y la escalera, y el cuadro eléctrico de la pared del fondo, con su piloto verde y su piloto ámbar y su teclado de ocho teclas.

—¿Ese cuadro tiene memoria?

—Eso se lo tienes que preguntar a un ingeniero.

—Pues tráeme un ingeniero.