Merma 26 La nave, a las nueve
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26 La nave, a las nueve

En vendimia, una nave de elaboración a las nueve de la noche no está en silencio.

Está el zumbido de las bombas de remontado en los depósitos cuatro, cinco, ocho y once.

Está el goteo de la manguera mal cerrada del lavadero.

Está el compresor del frío arrancando cada doce minutos con un golpe seco.

Está el rumor sordo, continuo, orgánico, de doce depósitos en fermentación tumultuosa: cien mil litros de mosto convirtiendo azúcar en alcohol y expulsando, por cada litro de vino que se hace, cincuenta y cinco litros de gas.

Bárbara Ijalba aparcó a las nueve menos cinco en el patio de Bodegas Lacorte, junto a la báscula, entre una carretilla elevadora y un remolque vacío.

Había luz en la nave nueva y no había luz en la oficina.

La puerta de la nave estaba entornada.

La cámara de seguridad del patio, que estaba orientada a la báscula porque lo que a Fabián Lacorte le preocupaba era que le robaran uva, la grabó entrando a las veintiuna cero dos, con una chaqueta vaquera y un bolso cruzado, y la grabó pasando por delante del capó de su propio coche, y la grabó abriendo la puerta y entrando.

No la grabó saliendo.

Dentro, la nave tenía dos niveles: la sala de depósitos, con doce cubas de acero de veinte mil litros en dos filas, y, al fondo, bajando cuatro escalones, la sala de trasiego y el paso al calado viejo, que era el único resto de la bodega antigua y que Fabián había conservado para las visitas: una bóveda de piedra de dieciocho metros de largo y tres de ancho, con cuarenta barricas, una mesa de nogal, catorce sillas y un cartel enmarcado de la feria de mil novecientos sesenta y dos.

El calado estaba a cuatro metros bajo el nivel de la nave.

La puerta del calado era de roble, de dos hojas, con un tranco de hierro por fuera.

En la pared de la escalera, a la altura de la cabeza, había un detector fijo de dióxido de carbono, modelo industrial, con dos umbrales de alarma, cinco mil y treinta mil partes por millón, sirena y baliza, conectado al cuadro de la nave.

A las veintiuna catorce, el detector registró en su memoria interna un valor de cinco mil doscientos y disparó la alarma de primer nivel.

A las veintiuna catorce y cuarenta segundos, la alarma fue silenciada desde el cuadro, mediante la introducción de un código de cuatro cifras.

A las veintiuna diecinueve, el detector registró treinta y un mil cuatrocientas partes por millón.

A las veintiuna diecinueve y once segundos, la alarma de segundo nivel fue silenciada desde el cuadro.

A las veintiuna veintiséis, el detector registró setenta y ocho mil.

A las veintiuna treinta y uno, ochenta y nueve mil doscientas.

A partir de las veintidós horas, la curva empezó a bajar despacio, muy despacio, como baja el agua en una bañera con el desagüe pequeño.

A las cero cuarenta y siete, el detector volvió por debajo de cinco mil y dejó de registrar.

A las seis y media de la mañana del jueves ocho de octubre, el primero de los operarios del turno encontró la puerta de roble del calado abierta de par en par, el tranco de hierro en el suelo, las luces del calado encendidas y, al pie de los escalones, boca abajo, con el bolso todavía cruzado sobre el pecho, a una mujer de cuarenta y seis años.

El operario tuvo el buen criterio de no bajar.

La segunda cosa que hizo fue llamar a Clara Marrodán, que era su jefa directa, y que llegó desde Nájera en once minutos.

La tercera cosa que hizo Clara Marrodán, según consta en la grabación del ciento doce, a las seis y cincuenta y uno, fue decir con la voz muy tranquila:

—Hay una mujer muerta en el calado de la bodega. Creo que es un accidente de gas carbónico. No he bajado. No va a bajar nadie.