25 Declaración de Bárbara Ijalba Nalda
Bárbara Ijalba declaró el miércoles siete de octubre, de cinco menos cuarto a seis y veinte de la tarde, en la sala tres de la Comandancia de Logroño, ante la teniente Jalón y el sargento primero Cuevas, con grabación de audio y vídeo.
Dijo su nombre, su edad, su domicilio y su profesión: viverista, titular de Viveros Ijalba, sociedad limitada, Uruñuela.
Dijo que el dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, jueves, a las seis y cuarenta y cinco de la mañana, entregó tres mil cien plantas injerto de tempranillo clon treinta y dos sobre portainjerto ciento diez Richter en la finca de Bodegas Lacorte llamada el Corral de las Pozas.
Dijo que la parcela estaba desfondada, con las zanjas abiertas en dirección este oeste, y que había un tractor con pala frontal trabajando en el extremo sur de la parcela.
Dijo que la persona que conducía ese tractor era Petra Antoñanzas Vergara.
Dijo que no le permitió bajar al fondo de la parcela y que le indicó descargar en el camino alto.
Dijo que en aquel momento no le pareció nada extraño y que la palabra que usó consigo misma durante veintisiete años fue la palabra prisa.
Dijo que el nueve de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, jueves, Sergio Marrodán Ubis se presentó en el vivero con un haz de cuarenta y dos varas atadas con rafia, que habló con su madre, Amparo Nalda, durante media hora en la nave, y que ella, Bárbara, que tenía diecinueve años, estaba en la mesa de injertar a ocho metros y oyó parte de la conversación.
—¿Qué oyó exactamente? —dijo Aurora.
—Oí que decía que no se iba a ir sin dejar esto en buenas manos. Y oí que decía que si le pasaba algo, que se lo diera a la niña cuando fuera mayor.
—¿Si le pasaba algo?
—Si le pasaba algo.
—¿Usted lo entendió como una amenaza?
—Yo lo entendí como lo que dice un hombre que se va a Francia —dijo Bárbara—. Con diecinueve años una no entiende nada. Ahora lo entiendo de otra manera.
—¿Su madre le dio esas varas a la niña?
—Mi madre murió en dos mil dieciocho sin acordarse de casi nada de los últimos veinte años.
—Bárbara se frotó los ojos—. Esa caja estuvo en un altillo con la etiqueta puesta, y yo la vi cien veces, y para mí era una caja de sarmientos viejos con un nombre.
Yo no até cabos hasta el sábado doce de septiembre de este año a las once de la mañana.
Al terminar, Aurora la acompañó al aparcamiento.
—Bárbara.
—Ya sé lo que me va a decir.
—Se lo voy a decir igual. No suba usted esta noche a Valdecernada.
—Teniente, es Clara.
—Ya sé que es Clara.
—Yo la he visto crecer. Su madre le trajo la primera planta que tuvo en una maceta, que fue un plantón de nuestro vivero, y todavía lo tiene en el patio de la casa del Horno.
—Bárbara buscó las llaves en el bolso—. Usted tiene sus motivos y yo lo respeto, pero esa chica lleva un mes entero aguantando sola lo que está aguantando y ni una sola persona de este valle le ha dicho a la cara lo que pasó con su padre.
—Se lo voy a decir yo mañana, oficialmente, con el resultado del ADN en la mano.
—Pues yo se lo digo hoy sin papel —dijo Bárbara Ijalba—. Con eso no le quito nada a usted.
Aurora la miró un momento y decidió no pelear, y aquella decisión le iba a costar cuatro años de sueño.
—Llámeme cuando salga de allí —dijo.
—La llamo.
—A la hora que sea.
—A la hora que sea. —Bárbara abrió la puerta del coche—. Y teniente, otra cosa, ya que estamos. Lo de las tres cepas.
—Dígame.
—Que una cepa de pie franco no se planta en septiembre.
—Bárbara se quedó con la mano en la puerta—.
En septiembre la tierra está caliente y una estaca sin raíz no agarra.
Eso lo sabe cualquiera que haya plantado una viña en su vida.
Si alguien plantó tres estacas en septiembre, no las plantó para que vivieran.
—¿Y para qué?
—Para saber dónde estaba —dijo Bárbara.