Merma 24 Bárbara llama un martes
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24 Bárbara llama un martes

El martes seis de octubre, a las nueve y veinte de la noche, el teléfono de Aurora Jalón sonó con un número que tenía guardado como Ijalba vivero.

—Teniente, soy Bárbara. ¿La molesto?

—No.

—Es que llevo diez días sin dormir bien y ya me da igual molestar.

Aurora bajó el volumen de la televisión y se sentó en el brazo del sofá.

—Cuénteme.

—Es una cosa que no sé si es nada.

—Cuéntemela igual.

Bárbara Ijalba tardó en arrancar.

—El dieciséis de septiembre del noventa y nueve fui yo a llevar la planta a Valdecernada —dijo—.

Yo tenía diecinueve años y trabajaba en el vivero con mi madre en verano.

Fui con la furgoneta Ebro, con tres mil cien plantas en cajas, y llegué a las siete menos cuarto de la mañana porque mi madre decía que la planta se descarga con fresco.

—Siga.

—La parcela ya estaba desfondada. Las zanjas abiertas de arriba abajo, con la retro al final del camino. Y en la parcela había un tractor con la pala puesta, y estaba tapando la última zanja, la de la punta de abajo.

—¿Quién iba en el tractor?

Un silencio de tres segundos.

—Petra.

Aurora se puso de pie muy despacio.

—¿Está segura?

—Estoy segura de que era una mujer con el pelo recogido, sola, a las siete menos cuarto de la mañana, en un tractor, tapando una zanja —dijo Bárbara—.

Y estoy segura de que cuando yo bajé de la furgoneta ella paró el tractor y vino andando a decirme dónde tenía que descargar, y de que no me dejó bajar al fondo de la parcela.

Y estoy segura de que era Petra porque me conocía de nombre y me dijo, Bárbara, deja las cajas en el camino, que ya las bajamos nosotros.

—¿Y por qué no me lo dijo usted hace tres semanas?

—Porque hace tres semanas era una mujer en un tractor —dijo Bárbara Ijalba—.

Y esta mañana el del Bar me ha dicho que las tres cepas de pie franco estaban justo encima del muerto.

Eso lo sabe ya el pueblo entero, teniente, no sé cómo, pero lo sabe.

Y yo llevo desde esta mañana pensando una cosa que no me puedo quitar.

—¿Cuál?

—Que Petra Antoñanzas plantó tres cepas de la viña vieja encima de ese hombre porque sabía perfectamente quién era ese hombre y lo que ese hombre había ido a hacer —dijo Bárbara—. Y que eso no lo hace un asesino. Eso lo hace otra cosa. Y no sé qué es.

Aurora fue a la cocina y encendió la luz.

—Bárbara, escúcheme bien. Mañana a primera hora la quiero en Logroño para declarar esto por escrito.

—Mañana no puedo hasta la tarde, tengo el injerto de omega toda la mañana.

—Pues por la tarde.

—Vale. —Una pausa—. Teniente, una cosa más.

—Dígame.

—Se lo quiero contar antes a Clara.

Aurora cerró los ojos.

—No.

—Es que la conozco desde que era una cría. Y esa chica lleva veintisiete años creyendo que su padre se fue.

—Bárbara, no.

—Es que ya he quedado con ella —dijo Bárbara Ijalba—. Mañana a las nueve de la noche, cuando cierren la nave. Me ha dicho que suba yo, que en vendimia ella no puede moverse de allí.