Merma 23 Cuarenta y dos varas
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23 Cuarenta y dos varas

Clara Marrodán pidió cita en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino por su cuenta, sin decírselo a nadie, el primer viernes de octubre, a las ocho y media de la mañana, antes de entrar a trabajar.

El doctor Jubera la recibió con un café de máquina.

—Usted es la enóloga de Lacorte.

—Y la hija del hombre de la zanja —dijo Clara—. Vamos a ahorrar tiempo.

Jubera dejó el café.

—Aún no hay identificación oficial.

—La habrá el jueves. Me han sacado sangre.

—Entonces la habrá el jueves. —Jubera juntó las manos—. ¿Qué quiere de mí?

—Quiero saber si las cuarenta y dos varas están vivas.

—Están muertas. Llevan veintisiete años secas en una caja de fruta. No hay yema viable, no hay cámbium, no hay nada. De ahí no sale una planta ni con un milagro.

Clara asintió como si ya lo supiera, que lo sabía.

—Y las tres cepas de la calle trece, catorce y quince.

Jubera se quedó muy quieto.

—Esas son otra cosa.

—Esas las arrancó una máquina hace tres semanas y están en un remolque en el camino alto, con ciento cuarenta más, esperando a que las quemen.

—Clara se inclinó hacia delante—. Doctor, yo he visto arrancar muchas viñas.

Una cepa arrancada en septiembre, con la madera hecha y con un trozo de raíz, aguanta.

Si la meto en arena húmeda y la planto en marzo, hay una posibilidad.

—Hay una posibilidad muy pequeña.

—¿Cuánto de pequeña?

—Con cepas viejas de pie franco, arrancadas con garra hidráulica, sin preparación, con las raíces desgarradas... —Jubera hizo un gesto—. Una entre diez. Quizá menos.

—Son tres cepas —dijo Clara—. Y de cada una se pueden sacar sarmientos de este año antes de que se sequen. En una de ellas he contado once sarmientos agostados.

El doctor Teodoro Jubera se levantó, fue a la ventana y volvió.

—Señorita Marrodán, esas tres cepas son una pieza de convicción en una investigación por homicidio.

—Ya lo sé.

—Están intervenidas.

—Ya lo sé. Por eso he venido a usted y no las he cogido yo del remolque, que las podría haber cogido cualquier noche de estas.

Jubera sonrió sin querer.

—Es usted hija de quien es.

—No lo sé —dijo Clara Marrodán—. No lo he sido nunca.

Se hizo un silencio incómodo y honesto.

—Voy a hablar con la teniente —dijo Jubera al final—.

Si ella autoriza, el instituto puede custodiar el material vegetal como depositario judicial, sacar los sarmientos, meterlos en cámara y en enero hacer estaquillado en el invernadero.

Si de ahí sale algo, sale algo que es de todos y de nadie, no de una bodega.

Clara se levantó y le tendió la mano.

—Doctor.

—Dígame.

—Si sale algo, ¿se podrá saber que es el mismo material de mil ochocientos setenta y tres?

—Se podrá saber que es el mismo material que esas tres cepas —dijo Jubera—. De mil ochocientos setenta y tres no se puede saber nada; eso es una fecha de un cartel. Pero se podrá saber que ese genotipo existía en esa parcela y que no está en ningún catálogo del mundo.

Clara apretó la mano del doctor un segundo más de lo normal.

—Con eso vale —dijo.