22 Segunda vuelta
Petra Antoñanzas declaró voluntariamente el dos de octubre, sin abogado, en la Comandancia, después de decir por teléfono la frase exacta: no tengo nada que esconder y prefiero que sea allí, que en el pueblo se ve quién entra en el cuartel.
Duró dos horas y cuarenta minutos y Aurora la recordaría durante años como una de las declaraciones más limpias y más torcidas que había tomado nunca.
—El tratamiento de enero del noventa y ocho lo ordené yo —dijo Petra en el minuto once, sin que se lo preguntaran así.
Aurora dejó el bolígrafo.
—Repítalo para el acta.
—El tratamiento de enero de mil novecientos noventa y ocho en la parcela ciento cuarenta y uno lo ordené yo.
Se aplicó un herbicida residual de suelo, con simazina, en dosis doble de la recomendada, sobre el terreno arenoso del recodo, en un invierno con muy poca lluvia, para no tener que desherbar a mano dos años.
—Petra tenía las manos quietas encima de la mesa—.
La arena no retiene. El producto bajó al perfil de raíz.
La viña empezó a morirse en junio y estaba muerta en dos años. La maté yo. No Sergio Marrodán.
Aurora la miró.
—¿Por qué me cuenta usted esto hoy?
—Porque esta semana lo iba a averiguar usted de todas formas. Está el parte de tratamiento en el desván, incompleto, pero está la factura de la casa de fitosanitarios de Santo Domingo. Y el tractorista, Fulgencio, está vivo en Ponferrada, que lo he mirado yo también.
—Muy bien. ¿Y en el noventa y nueve lo dijo usted?
—No.
—¿Por qué?
—Porque tenía veintinueve años, era mi primer puesto de verdad, y había matado una hectárea de patrimonio de este valle con una decisión de cuatro líneas en una hoja de tratamientos.
—La voz no le tembló—. Dije que no había sido el producto.
Fabián quiso creerme. El pueblo quiso creer al pueblo.
Y Sergio, que decía la verdad, se quedó sin oficio.
—¿Y no le pesó?
Petra Antoñanzas se quedó callada mucho rato.
—Teniente, yo llevo veintisiete años levantándome a las seis y media —dijo—. Usted verá lo que le parece que es eso.
Aurora abrió la carpeta y sacó la copia del folio ciento doce.
—¿Escribió usted esta línea?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo recuerdo exactamente. Días después.
—¿Por qué?
—Porque el descube del siete no se anotó en su momento y en una inspección del Consejo un depósito que entra y no sale es un problema. —Petra se encogió mínimamente de hombros—. Lo escribí para cuadrar el libro.
—¿E imitó usted la letra del capataz?
—Imité la letra de Zacarías porque Zacarías era el que llevaba el libro y una línea con mi letra en mitad de su página también era un problema.
—Señora Antoñanzas —dijo Aurora despacio—, ¿qué había en el depósito siete?
—Mosto de tempranillo del Recuenco y de la Nava en fermentación.
—¿Y qué más?
Petra Antoñanzas la miró a los ojos durante lo que a Cuevas, que estaba en la esquina tomando notas, le pareció una eternidad y que en la grabación duraba seis segundos.
—Nada más —dijo.
Y a partir de ahí no se movió ni un milímetro en dos horas.