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El fiscal de la causa era una mujer, Amparo Sanz de Galdeano, cincuenta y cuatro años, con fama de no perder juicios porque no los abría hasta estar segura, y recibió a Aurora en su despacho de Logroño con dos cafés y un plano del caso hecho a mano en un folio.

—Vamos a separar —dijo—. Porque si no lo separamos, se nos mezcla y lo perdemos todo. En esta mesa hay tres cosas y son tres cosas distintas.

—Le escucho.

—Uno: una muerte violenta en mil novecientos noventa y nueve.

—Sí.

—Dos: un fraude continuado sobre el origen y la edad de un viñedo amparado por una denominación de origen calificada, con etiquetado engañoso, desde mil novecientos noventa y nueve hasta hoy. Eso, teniente, es delito vivo. No prescrito. Cada botella es un acto nuevo.

—¿Y cuánto es eso?

Amparo Sanz de Galdeano le pasó una hoja.

—Se lo han contado los del Consejo Regulador esta mañana.

Las contraetiquetas numeradas son un control físico: cada botella amparada lleva una y el Consejo lleva el registro de qué serie entrega a qué bodega y en qué campaña.

Lacorte ha comercializado bajo la marca Corral de las Pozas, desde la añada mil novecientos noventa y nueve hasta la dos mil veintitrés, doscientas setenta y una mil ochocientas botellas.

Aurora silbó entre dientes.

—A un precio medio de venta de veintiocho euros —siguió la fiscal—. Con años en que se vendió a sesenta. Póngale usted el número que quiera; lo que a mí me interesa es que ese señor no puede decir que fue un error de imprenta.

—¿Y tres?

—Y tres —dijo la fiscal— es el problema.

Se levantó y fue a la ventana.

—El asesinato de mil novecientos noventa y nueve está prescrito.

Aurora no dijo nada. Lo había mirado la segunda noche, en casa, con el Código Penal en las rodillas, y llevaba desde entonces sin decírselo al equipo.

—El artículo ciento treinta y uno —siguió la fiscal—.

Los delitos prescriben a los veinte años cuando la pena máxima señalada sea de quince años o más.

El asesinato tiene de quince a veinticinco.

Septiembre del noventa y nueve más veinte años es septiembre de dos mil diecinueve.

Hace siete años, teniente. Si mañana viene el autor, se sienta aquí y me firma una confesión completa con pelos y señales, yo no puedo hacer nada.

Ni yo, ni el juez, ni el Tribunal Supremo.

—¿Y la inhumación ilegal?

—Prescrita hace mucho más.

—¿Y el encubrimiento?

—Prescrito.

—¿Y la falsedad en el libro de registro?

—Prescrita, y además es un libro de una bodega, no un documento oficial. —La fiscal volvió a sentarse—. Lo único vivo del noventa y nueve es lo que se haya seguido haciendo hasta hoy. Y lo único que se ha seguido haciendo hasta hoy es la etiqueta.

Aurora se pasó las manos por la cara.

—Entonces, si encuentro al que mató a Sergio Marrodán...

—Encuentra usted a una persona a la que no le va a pasar nada por eso —dijo Amparo Sanz de Galdeano—. Y ahora dígame por qué sigue usted trabajando.

Aurora se quedó pensando un buen rato.

—Porque hay una mujer de treinta y un años que ha crecido creyendo que su padre se fue a Francia y no la quiso —dijo—. Y porque eso no prescribe.

La fiscal asintió despacio y apuntó algo en el folio.

—Muy bien —dijo—. Pues sepa usted una cosa, teniente, que se la digo con veinticinco años de carrera: en los casos prescritos, la gente hace tonterías.

Se confían. Y a veces, cuando ya no tienen nada que temer del código, descubren que tienen mucho que temer de otra cosa.

—Cerró el bolígrafo—. Y entonces es cuando se mueven.