18 Fabián Lacorte, primera vuelta
La declaración de Fabián Lacorte en calidad de investigado se tomó el lunes siguiente en el juzgado de Nájera, con abogado, y duró tres horas y diez minutos.
Fabián llegó con traje. Fue lo primero que Aurora anotó mentalmente: un hombre que en su vida se pone traje cuatro veces al año se había puesto traje para ir al juzgado, y eso significaba miedo, o significaba respeto, y en veintiséis años Aurora había aprendido que casi siempre significaba las dos cosas.
La versión de Fabián Lacorte fue esta:
Que él se hizo cargo de la bodega en mil novecientos noventa y seis, a la muerte de su padre, con dos hermanos, uno de ellos, Jacinto, con el que se llevaba mal.
Que en el noventa y siete pidió un préstamo de veintidós millones de pesetas para comprar depósitos de acero y barricas.
Que el Corral de las Pozas era la finca que sostenía el discurso comercial de la casa.
Que la finca se secó entre el noventa y ocho y el noventa y nueve y que él no sabía por qué.
Que la decisión de replantar con planta de vivero la tomó él, en agosto del noventa y nueve, porque el banco le había concedido el préstamo con una tasación que valoraba la finca como viñedo prefiloxérico y porque si aquella hectárea se quedaba yerma dos años, él perdía la bodega.
Que la decisión de no decirlo la tomó también él.
Que en veintisiete años no había corregido nunca la etiqueta.
Que no sabía nada de ningún cadáver.
Que a Sergio Marrodán lo había conocido de toda la vida, que le había pagado los injertos del noventa y siete a ciento veinte pesetas la cepa y que la última vez que lo vio fue a mediados de septiembre del noventa y nueve en el patio de la bodega, discutiendo.
—¿Discutiendo con quién? —dijo Aurora.
—Con todo el mundo. Con Petra, conmigo, con el capataz.
—¿Por qué?
—Porque quería que dijéramos delante del pueblo que él no había matado la viña.
—¿Y por qué no lo dijeron?
El abogado le puso una mano en el brazo. Fabián Lacorte la apartó.
—Porque si decíamos que la viña se murió por un tratamiento, se acababa la historia del pie franco —dijo—.
Y si se acababa la historia del pie franco, se acababa la tasación, y el préstamo, y la bodega, y catorce puestos de trabajo.
Y yo tenía treinta y dos años y una hipoteca personal encima de la casa de mis padres.
—Y un injertador de pueblo.
—Y un injertador de pueblo —repitió Fabián, y se le quebró un poco—. Que se quedó sin trabajo. Ya lo sé. Llevo veintisiete años sabiéndolo.
Aurora esperó.
—Señor Lacorte, ¿quién dio la orden del tratamiento de enero del noventa y ocho?
—La técnica.
—¿Petra Antoñanzas?
—Petra hacía el plan de tratamientos, sí.
—¿Y usted lo firmaba?
—Yo firmaba lo que ella ponía delante. Yo de química no sé nada, teniente, yo sé vender.
—¿Y no se preguntó nunca si aquel producto había matado la viña?
Fabián Lacorte miró la mesa.
—Me lo pregunté una vez —dijo—. En el noventa y nueve. Y Petra me dijo que no, y yo decidí creerla, porque creerla me costaba menos.