17 Veinte barricas
Fermín Ollauri llegó a la Comandancia el miércoles a las siete de la tarde con una carpeta de cartón atada con una goma y la dejó encima de la mesa de Aurora sin sentarse.
—Libro de ventas del noventa y ocho y del noventa y nueve —dijo—. Mi padre escribía a máquina las facturas y a mano el libro. Aquí tienes las dos cosas.
Aurora lo abrió.
Veintiuna barricas bordelesas de roble americano, de segunda mano, procedentes de una bodega de Cenicero, repasadas, lijadas y con fondo nuevo, vendidas a Bodegas Lacorte el catorce de julio de mil novecientos noventa y nueve por trescientas quince mil pesetas.
—¿Y el hierro de marcar?
—El hierro de marcar se lo hizo Emiliano el rotulista en el noventa y ocho, y las marcaron ellos en la bodega —dijo Fermín—. Hay una nota de mi padre en el margen. Léela.
Aurora leyó, con la letra picuda de un hombre muerto: Se llevan los fondos sin marcar. Dicen que marcan ellos. Se lo dije.
—¿Qué le dijo?
—Que si marcas el fondo con la barrica mojada, quemas el poro y luego rezuma por ahí —dijo Fermín—. Un tonelero le da mucha importancia a eso y a nadie más del mundo le importa.
Aurora cerró la carpeta.
—Gracias.
—De nada.
Ninguno de los dos se movió.
—Son las siete y cuarto —dijo Fermín Ollauri—. Yo he cerrado el taller y tú llevas doce días trabajando. En la plaza del Mercado hay un sitio que pone unas alubias de Anguiano que están mal de buenas.
Aurora se rió, y fue la primera vez en doce días.
—No puedo.
—Vale.
—Puedo el viernes.
—Vale —dijo Fermín, y se fue sin darse la vuelta, y ella se quedó mirando la puerta más tiempo del que le hubiera gustado reconocer.
El viernes comieron alubias. Hablaron del instituto, de dos profesores que ya habían muerto, del hermano de Fermín que vivía en Vitoria, de la hija de Fermín, Nerea, que estudiaba enología en la Universidad de La Rioja y que decía que su padre hacía barricas para un mundo que se estaba acabando.
Hablaron de la mujer de Fermín, que había muerto en dos mil dieciocho, y Fermín lo contó en cuatro frases, sin drama y sin pudor, y luego cambió de tema él mismo, que a Aurora le pareció lo más elegante que había visto hacer a nadie en mucho tiempo.
No hablaron del caso.
A las once, en la calle, delante del coche de ella, Fermín dijo:
—Tengo cincuenta y dos años y no sé cómo se hace esto.
—Yo tengo cuarenta y ocho y tampoco.
—Pues qué desastre.
—Un desastre completo —dijo Aurora Jalón.
Y se fue conduciendo a Nájera por la carretera vieja con la radio apagada, pensando, contra su voluntad y durante veinte kilómetros, en un hombre que llevaba un mandil de cuero.