15 Viveros Ijalba
El vivero estaba a las afueras de Uruñuela, entre la carretera y el río, y era una nave de chapa con un invernadero de plástico detrás y cuatro hectáreas de campo de pies madre.
Bárbara Ijalba Nalda tenía cuarenta y seis años y llevaba unos guantes de nitrilo verdes que se quitó despacio al ver el uniforme.
—Ya sabía yo que vendrían —dijo.
—¿Por qué?
—Porque las plantas de las Pozas las puso mi madre.
Se sentaron en la oficina, que era una caseta prefabricada con dos mesas y un calendario de cooperativa. Bárbara sacó de un armario metálico cuatro libros de tapa azul.
—Aquí está todo —dijo—. Mi madre lo apuntaba todo. Murió en dos mil dieciocho y yo no he tirado un papel.
Abrió el del noventa y nueve por una página marcada con un pósit amarillo. Aurora se fijó en el pósit: estaba nuevo.
—¿Lo ha buscado usted ya?
—Lo busqué el sábado —dijo Bárbara—. En cuanto lo oí.
La entrada decía: 16-09-1999. Bodegas Lacorte, Valdecernada. 3.100 plantas injerto tempranillo clon 32 / 110 R. Entrega en finca. Pagado 21-10-99.
—Tres mil cien plantas —dijo Aurora.
—Para una hectárea y ocho áreas, a marco de dos sesenta por uno diez, salen tres mil setenta y siete —dijo Bárbara sin pensar—. Tres mil cien con las marras. Es exactamente esa parcela.
—¿Y no le llamó la atención a nadie?
—A nadie le llama la atención un albarán de plantas, teniente. Aquí entran y salen doscientos mil plantones al año. Mi madre no supo nunca lo que iban a decir en la etiqueta.
Aurora pasó el dedo por el renglón.
—¿Quién firmó la entrega?
—Aquí pone P. A.
—¿P. A.?
—Petra Antoñanzas. —Bárbara se encogió de hombros—. Firmaba ella todo lo del campo.
Aurora fotografió la página, la marcó, pidió el libro entero y firmó el acta de intervención.
Y entonces Bárbara Ijalba hizo una cosa rara: se levantó, fue a la nave, tardó cuatro minutos y volvió con una caja de madera de las de fruta, con una tapa de contrachapado clavada.
—Y ahora le voy a enseñar lo que llevo todo el fin de semana sin saber si enseñar.
Puso la caja en la mesa. Dentro había, cubiertos de serrín seco, unos manojos de sarmientos atados con rafia, ennegrecidos, muy secos, con las yemas todavía marcadas.
Y una etiqueta de cartón amarillo, atada con alambre, escrita a lápiz con una letra grande y torpe:
POZAS 99. 42 varas. Madre vieja. No mezclar. S. M. 9-IX-99.
Aurora se quedó mirándola sin tocarla.
—¿Qué es esto?
—Esto son cuarenta y dos varas de sarmiento de la viña vieja —dijo Bárbara Ijalba—. Cortadas el nueve de septiembre del noventa y nueve por Sergio Marrodán y dejadas aquí, en este vivero, a mi madre, para que las guardara.
—¿Para qué?
—Para lo que se hace con una vara. Para multiplicar.
—Bárbara se cruzó de brazos y Aurora vio que le temblaban las manos—.
Teniente, ese hombre vino aquí cinco días antes de desaparecer, con cuarenta y dos varas de una viña que todo el pueblo decía que él había matado, y le dijo a mi madre, guárdame esto, que un día voy a demostrar que estas cepas estaban vivas.