14 Odón
Odón Peñacerrada tenía setenta y ocho años, vivía solo en una casa de la calle de las Bodegas y era alcalde de barrio de los calados, que era un cargo que no existía en ninguna ley pero que en Valdecernada llevaba doscientos años existiendo.
Aurora lo había reconocido enseguida: era el hombre de la gaseosa junto a la ventana del Bar.
—Yo la conozco a usted —dijo él, abriéndole la puerta—. Usted es la nieta del Anastasio de la azucarera.
—La hija.
—Eso. Pase.
La casa estaba fría y limpia, con una cocina económica apagada y un reloj de pared que atrasaba. En la mesa había un libro grande, de tapas de cartón forrado de tela, con una cinta roja.
—Este es el libro de la cofradía —dijo Odón—. Aquí está apuntado quién tiene cada calado desde mil ochocientos noventa y uno. Quién lo tiene, quién lo hereda, quién lo vende, quién lo hunde y quién lo tapia. Hay cuarenta y un calados en el cerro de San Roque. Doce están tapiados.
—¿Y usted lleva el libro?
—Lo llevo desde el noventa y tres. Antes lo llevaba el Emeterio.
Aurora se sentó.
—Don Odón, quiero preguntarle por el noventa y nueve.
—Ya lo sé.
—¿Y qué me va a contar?
El viejo se quedó mirando el hule.
—Le voy a contar lo que aquí no se cuenta —dijo—, que es lo de la viña. ¿Usted sabe lo que era el Corral de las Pozas?
—Empiezo a saberlo.
—No, no lo sabe. —Odón levantó un dedo—.
El Corral de las Pozas era el orgullo de este pueblo.
Ahí abajo, en el recodo, la arena es tan fina que la filoxera no pudo.
Eso lo sabíamos todos. Cuando yo era chaval, en los cincuenta, esa viña ya era vieja para mi padre, y para mi abuelo era vieja.
Ahí se hacía un vino que se llevaban a Bilbao en el tren.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que en el noventa y siete la casa Lacorte metió dinero. Fabián se hizo cargo cuando murió su padre y empezó a modernizar. Depósitos de acero, barricas, una etiqueta nueva. Y la viña había que ponerla bonita.
—¿Bonita cómo?
—Sobreinjertar la garnacha vieja a tempranillo, porque el tempranillo se pagaba a ciento diez y la garnacha a setenta.
—Odón hizo un gesto con la mano abierta—.
Eso lo hizo Sergio Marrodán en la primavera del noventa y siete.
Ciento sesenta cepas. Y prendieron casi todas, oiga, que ese chico era muy bueno con la navaja.
—¿Y entonces?
—Entonces vino el invierno del noventa y siete al noventa y ocho, y en enero anduvieron echando una cosa en la viña. Con el remolque cuba y la lanza.
Aurora no se movió.
—¿Qué cosa?
—Yo qué sé qué cosa. Un herbicida. De los de antes, de los que mataban la hierba tres años. —Odón se encogió de hombros—. Antes se echaba de todo, teniente. No había papeles. Se echaba lo que te vendía el de la casa y si sobraba, se echaba doble.
—¿Y quién lo echó?
—El tractorista. Uno que se llamaba Fulgencio, que se fue al Bierzo en dos mil dos.
—¿Y quién mandó echarlo?
Odón Peñacerrada la miró un rato largo.
—La que mandaba los tratamientos era la técnica —dijo.
—Petra Antoñanzas.
—La Petra. —Odón cerró el libro de la cofradía con las dos manos—.
Y en junio del noventa y ocho la viña empezó a ponerse amarilla, y en el noventa y nueve estaba seca como la yesca, y todo el pueblo, todo el pueblo, dijo que la había matado Sergio con los injertos.
Y a Sergio le dejaron de llamar. En dos temporadas se quedó sin nada.
En este valle, si no te llaman para injertar, no eres nadie.
—¿Y usted qué dijo?
—Yo no dije nada —dijo Odón—. Y por eso, cuando me contaron el viernes lo que había salido en la zanja, no me extrañé. Me senté en la cama y estuve así una hora. —Se señaló las manos, quietas sobre el libro—. Veintisiete años callado, y no me extrañé nada.