13 El doctor Jubera cuenta anillos que no existen
El Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino estaba en Logroño, en la carretera de Burgos, en un edificio bajo con un invernadero detrás y un campo de ensayo lleno de cepas con etiquetas de plástico amarillo.
El doctor Teodoro Jubera Marín tenía cincuenta y tres años, una barba corta y blanca y la costumbre de hablar con las manos, lo que resultaba raro en un hombre tan meticuloso.
—Ampelografía —dijo, poniendo una hoja de vid dentro de un escáner—.
Del griego ampelos, vid, y grafé, escritura.
Es el arte de leer una planta. Doscientos años de gente mirando hojas y contando dientes del limbo, y ahora un tubo de reacción que te lo dice en nueve horas.
Yo hago las dos cosas, porque la máquina no te dice si una cepa está enferma y la hoja sí.
Aurora había llevado en el maletero veintidós cepas arrancadas de la parcela ciento cuarenta y uno, envueltas en plástico, con su número de sector, y tres cajas de material que Munilla había recogido con una precisión que rozaba lo litúrgico.
—Doctor, la pregunta es sencilla.
—Las suyas siempre lo parecen.
—¿Cuántos años tienen estas cepas?
Jubera sonrió.
—Esa es la única pregunta que una vid no contesta.
—¿Cómo que no?
—Una vid no es un roble, teniente. —Se levantó y trajo un trozo de tronco cortado transversalmente, del grosor de un antebrazo, con la madera oscura y retorcida—.
Mire. Anillos, sí. Pero la vid crece a trompicones, se poda cada invierno, se le corta la savia, hace madera de reacción, se solapa, se pudre por el centro.
Contar anillos en una cepa vieja es un ejercicio de fe.
Se ha hecho, se publica, y el margen de error es de un veinte o un treinta por ciento. Nadie condena a nadie con eso.
—Entonces no me sirve.
—Le sirve otra cosa mucho mejor —dijo Jubera—. Le sirve el injerto.
Puso encima de la mesa una de las cepas de las Pozas, sin tierra, lavada, y señaló con un bolígrafo un ensanchamiento a quince centímetros del cuello de las raíces: un bulto de madera con un labio, como una soldadura.
—Esto es la unión de injerto. Debajo, el portainjerto americano. Encima, la variedad europea. Esta cepa está injertada, y está injertada de vivero, no de campo: la soldadura es limpia, de púa, hecha en una máquina de omega, con la calidad industrial de los viveros modernos.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que esta planta no es de pie franco —dijo Jubera—.
Ni de lejos. Y significa que no puede ser de mil ochocientos setenta y tres, porque en mil ochocientos setenta y tres la máquina de injertar omega no existía; se patentó en los años cuarenta del siglo veinte y se generalizó en España en los años setenta y ochenta.
—¿En las veintidós?
—En las veintidós. Y en las ciento cuarenta que me ha mandado la sargento Munilla en fotografía. Todas.
Aurora se apoyó en la mesa.
—¿Y el portainjerto?
—Ciento diez Richter, salvo tres que son ciento sesenta cuarenta y nueve Couderc.
—Jubera pasó a la pantalla del ordenador—.
Y ahora la parte divertida. He genotipado veinte cepas con veinte marcadores microsatélite.
Variedad: tempranillo. Todas. Y no son tempranillos cualesquiera: diecisiete de las veinte comparten un perfil idéntico entre sí, que corresponde a un clon certificado, el número treinta y dos del catálogo nacional, seleccionado en los años ochenta y comercializado a partir del noventa y dos.
—Diecisiete iguales.
—Idénticas. Clones. Una viña vieja de verdad nunca es así; una viña vieja es un mosaico, cada cepa un individuo distinto, porque se plantaba de sarmiento del vecino y de la tía y del que pasaba.
La uniformidad genética es la firma de un vivero moderno.
—Jubera se quitó las gafas—. Teniente, esa parcela es una plantación comercial de los años noventa.
Lo firmo yo, lo firma cualquiera y lo firmaría un estudiante de segundo.
—¿Y las tres que no son iguales?
Jubera volvió a ponerse las gafas.
—Ah —dijo—. Esas son otra historia, y no me la haga contar hoy, porque todavía no la entiendo.