Merma 12 La casa de la calle del Horno
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12 La casa de la calle del Horno

Aquella noche Clara Marrodán llegó a casa a las once menos veinte.

La casa era de Petra: una casa de dos plantas en la calle del Horno, con un arco de piedra en el portal y una cocina grande con un banco de madera pegado a la pared. Clara tenía piso en Nájera desde los veintisiete y dormía allí tres noches por semana, y en vendimia, ninguna.

Petra estaba sentada a la mesa con la lámpara baja encendida, sin cenar, con una copa de agua.

—Ha estado aquí la teniente —dijo.

—Ya lo sé. —Clara colgó la chaqueta—. Ha estado en todas partes. Hoy ha estado en Uruñuela.

Petra levantó la cabeza.

—¿En el vivero?

—En el vivero de los Ijalba. Con Bárbara.

Hubo un silencio.

Clara abrió la nevera, no cogió nada y la cerró.

—Petra.

—Dime.

—¿Tú sabías que iban a arrancar las Pozas?

—Lo firmaste tú en marzo. Yo firmé debajo.

—Ya sé que firmaste debajo. Te pregunto si lo sabías.

Petra Antoñanzas giró la copa de agua sobre el hule, un cuarto de vuelta, y luego otro cuarto.

—Clara —dijo—, si tú me preguntas hoy una cosa, yo hoy te la contesto. Pero tienes que preguntármela entera.

Clara se quedó de pie junto a la nevera, con las manos colgando.

Tenía treinta y un años y llevaba doce sin preguntar nada entero.

—Hace frío —dijo—. Voy a encender.

Y encendió la estufa, y se sentaron las dos a la mesa, y estuvieron una hora hablando de la vendimia que empezaba el lunes, de los grados de la garnacha del Recuenco, de la máquina vendimiadora que había que alquilar en Huércanos, de la factura de la luz y del tejado del corral, y ninguna de las dos volvió a nombrar el Corral de las Pozas.

A las doce y media Petra subió a acostarse.

Clara se quedó abajo, apagó la lámpara y se quedó un rato sentada en la oscuridad, con la mano encima del hule, en el sitio exacto donde Petra había girado la copa.