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11 Petra

Petra Antoñanzas Vergara recibió a la teniente Jalón en el laboratorio de la bodega, de pie, con una bata blanca abierta y un cuaderno en la mano, y no se sentó en toda la conversación.

Tenía cincuenta y seis años. Era pequeña, seca, con el pelo gris recogido con una pinza y una voz que no subía nunca. En la pared, detrás de ella, había una estantería con setenta u ochenta botellas etiquetadas a mano, cada una con un número y una fecha, algunas del año noventa y cuatro.

—Usted es la directora técnica.

—Desde dos mil seis. Antes era la enóloga. Antes de eso era la técnica de laboratorio.

—¿Desde cuándo trabaja aquí?

—Desde mil novecientos noventa y cinco. Tenía veinticinco años y un título de la Escuela de Requena.

—Entonces estaba usted aquí en la vendimia del noventa y nueve.

—Estaba.

—¿Se acuerda del depósito siete?

Petra Antoñanzas no parpadeó.

—Me acuerdo del depósito siete —dijo—. Se picó.

Se puso a oler a huevo podrido a las cuarenta y ocho horas, reducción brutal, el sulfhídrico se comía la nave entera.

Se intentó airear, no salió, y a los tres días decidimos descubar y tirar.

Fue la peor decisión económica de aquella campaña y la tomé yo.

—¿Y quién más lo sabía?

—Fabián. Y los que descubaron.

—¿Y eso está anotado?

—Está anotado.

—¿Lo anotó usted?

—Lo anotó Fabián, creo. O lo anoté yo. Han pasado veintisiete años, teniente, yo en aquella vendimia dormí cuatro horas por noche durante veinte días.

Aurora abrió la carpeta y puso una fotocopia encima de la mesa de laboratorio, entre un pHmetro y una gradilla.

—¿Es esta su letra?

Petra la miró tres segundos.

—No.

—¿Es la de Fabián Lacorte?

—Tampoco.

—¿Y de quién es?

—De Zacarías —dijo Petra—. El capataz. Zacarías Arnedillo. Murió en dos mil catorce.

Aurora cerró la carpeta muy despacio.

—Qué oportuno.

—No es oportuno —dijo Petra Antoñanzas, y por primera vez hubo algo en su voz, muy abajo, que no era calma—.

Es lo que hay. La gente se muere. Yo llevo treinta y un años en esta bodega y he enterrado a cuatro compañeros.

Si quiere usted convertir eso en una insinuación, adelante, pero hágalo delante del juez y no delante de mí.

—Señora Antoñanzas, ¿conoció usted a Sergio Marrodán?

—Lo conocí.

—¿Y qué me puede decir de él?

Petra dejó el cuaderno en la mesa, y fue el único gesto brusco que Aurora le vio en toda la entrevista.

—Que era un hombre que hacía bien una cosa muy difícil y muy mal todas las demás —dijo—. Que injertaba como los ángeles. Que bebía. Que su mujer no podía con él. Que aquella viña se murió y que él dijo que había sido yo, y que la mitad del valle lo creyó durante un año.

—¿Y fue usted?

—No.

—¿Está segura?

—Estoy segura de una cosa, teniente —dijo Petra Antoñanzas—. De que llevo veintisiete años criando a su hija, que ya no es una hija sino una mujer de treinta y un años, y de que si algún día resulta que aquel producto lo firmé yo, ella lo va a saber por mí y no por usted.