Merma 10 El desván
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10 El desván

El desván de Bodegas Lacorte medía cuarenta metros por nueve y tenía tres claraboyas, dos de ellas rotas y tapadas con plástico.

Había ciento cuarenta y una cajas de cartón, dieciocho archivadores de anillas, cuatro sacos de rafia llenos de papel suelto, una máquina de escribir Olivetti, un cartel de chapa de la feria de Logroño de mil novecientos sesenta y dos, y polvo suficiente para que el guardia Zorzano estornudara cuarenta veces en la primera hora.

Aurora había pedido al juzgado de instrucción número uno de Nájera una entrada y registro. El magistrado Quel, que tenía cuarenta y cuatro años y una fama justa de ser rápido, se la dio en cuatro horas.

Tardaron dos días en ordenarlo.

Lo que apareció, por orden de importancia:

Uno. Las declaraciones de cosecha de mil novecientos noventa y siete a dos mil dos, con el sello del Consejo Regulador.

Dos. Los libros de registro de movimientos de los años noventa y siete a dos mil uno. Cuatro tomos de tapa dura, rayados a mano, con la letra de tres personas distintas.

Tres. Una carpeta de albaranes de vivero.

Cuatro. Un talonario de partes de tratamiento fitosanitario del noventa y siete y el noventa y ocho, incompleto.

Cinco. Facturas de alquiler de maquinaria.

El libro de mil novecientos noventa y nueve estaba entero y era lo más interesante que Aurora había leído en tres años.

En la campaña del noventa y nueve, Bodegas Lacorte había llenado once depósitos.

El número siete era de acero inoxidable, de veinte mil litros, y según el libro había recibido uva el trece, el catorce y el quince de septiembre: en total diecinueve mil ochocientos kilos, procedentes de tres parcelas del término, dos de ellas de la propia casa.

Y después, el diecisiete de septiembre, había una anotación.

Depósito 7: descube anticipado. Vaciado y lavado. Incidencia.

—Al tercer día de fermentación —dijo Aurora.

—No se hace —dijo Sabina Ezcaray por el manos libres desde Haro—. En el noventa y nueve, con un tinto, ni de broma. El descube normal se hace entre el octavo y el catorce. Al tercero ese vino no es nada. Es zumo agrio.

—¿Y qué pasa si lo haces?

—Que tiras la mitad del valor del depósito. Diecinueve mil ochocientos kilos, teniente. A precio del noventa y nueve eso son... —un silencio de calculadora—. Más de dos millones de pesetas de uva, y lo que sacas de ahí no vale ni la mitad.

Aurora miró la anotación.

Estaba escrita con un bolígrafo distinto del de las líneas de arriba y de abajo. Y el renglón era más estrecho, como si la línea se hubiera escrito después, en un hueco.

—Munilla.

—Dime.

—Quiero un informe de tinta y de orden de trazos en esta página. Y quiero un cotejo de letra.

—¿Contra quién?

—Contra los cuatro que escriben en este libro —dijo Aurora—. Y luego contra todos los que hoy tienen una firma en esa bodega.