8 Zaragoza
Milagros Ochoa Peña vivía en un tercero sin ascensor del barrio de las Delicias, en una calle con dos fruterías y un locutorio, y abrió la puerta con la cadena puesta.
—¿Guardia Civil?
—Teniente Jalón. Le llamé ayer.
—Ya.
Tardó cuatro segundos en quitar la cadena.
Tenía cincuenta y ocho años y aparentaba más, no por la cara sino por la manera de andar, como si el pasillo tuviera una cuesta. El piso estaba limpio y era pequeño y olía a lejía de limón. En el aparador había una foto de comunión de una niña de nueve años con el pelo muy tirante.
—Es Clara —dijo Milagros, siguiendo la mirada de Aurora—. La única que tengo.
—Señora Ochoa, tengo que hacerle unas preguntas sobre su marido.
—Exmarido no, porque nunca nos divorciamos. —Se sentó—. Diga.
—El veintidós de noviembre del noventa y nueve usted denunció su desaparición.
—Sí.
—Y en febrero se archivó porque llegaron dos giros de Burdeos.
Milagros Ochoa se quedó mirando el hule de la mesa.
—Sí.
—¿Los cobró usted?
—Los cobré yo. Cuarenta mil pesetas cada uno. En la oficina de Nájera.
—¿Y qué pensó?
—Pensé lo que piensa cualquiera. Que estaba vivo, que estaba en Francia y que le daba vergüenza llamar.
—Levantó la vista—. Sergio era orgulloso como una mula.
En agosto del noventa y nueve no tenía trabajo, no tenía nombre y no tenía un duro, y todo el valle decía que había matado una viña de ciento veinte años.
Yo me creí lo de Francia porque era lo único que se podía creer sin volverse loca.
—¿Y no volvió a saber nada después de enero?
—Nada. Ni una carta. Ni en veintisiete años.
—¿Y no volvió a denunciar?
—Denuncié en dos mil dos otra vez, cuando pedí la ayuda esa que había para familias, y me dijeron que había constancia de que se había ido por su propio pie.
—Se le puso la voz áspera—. Y yo tenía una niña de siete años y un trabajo de limpieza en Nájera y no tenía fuerza para pelearme con un papel.
Aurora dejó pasar un momento.
—Señora Ochoa, en el noventa y nueve usted se marchó de Valdecernada.
—En abril de dos mil.
—¿Y Clara?
—Clara se quedó.
—¿Por qué?
Milagros Ochoa se llevó la mano al cuello, a una cadena que no llevaba.
—Porque yo no estaba bien, teniente. No voy a entrar en eso.
Porque yo no estaba bien y porque en el pueblo había una mujer que la quería y que tenía casa y tenía trabajo y tenía cabeza, y porque un día esa mujer me dijo, Milagros, vete tú a Zaragoza y ponte a flote, que la niña aquí no va a estar peor. Y yo dije que sí.
—¿Qué mujer?
—Petra.
Aurora no cambió de postura.
—¿Petra qué?
—Petra Antoñanzas. La de la bodega. La enóloga. —Milagros hizo un gesto vago—. Le dieron la tutela a los dos años, cuando yo firmé. Está todo hecho legal, si es lo que me está preguntando.
—No le estoy preguntando eso.
—Pues lo parece.
—¿Se llevaban bien su marido y Petra Antoñanzas?
Milagros Ochoa tardó mucho en contestar. Fuera, en la calle, pasó un camión de la basura con la marcha atrás pitando.
—En el noventa y nueve no —dijo al fin—.
En el noventa y nueve Sergio decía que la que había matado la viña era ella.
Que él había hecho los injertos bien y que la viña se secó dos años después por un producto que echaron en invierno.
Y Petra decía que no. Y la bodega decía que no.
Y la gente decía que no. —Se encogió de hombros—.
Y ya está. Sergio era un injertador de pueblo y ella era la técnica con carrera.
—¿Y él qué quería hacer?
—Él quería irse a Francia. —Milagros levantó la cara y Aurora vio, por primera vez, que aquella mujer llevaba veintisiete años teniendo una conversación consigo misma—. Y quería llevarse a la niña.