7 Una tapa de barrica
Entre los objetos recuperados de la zanja había veintidós cosas y veintiuna eran previsibles: botones, una hebilla, cremalleras, ojetes de bota, un mechero de plástico, monedas de cien y de veinticinco pesetas, un llavero con tres llaves y un abridor.
La número once no era previsible.
Era una pieza de madera de roble de treinta y un centímetros por catorce, curvada, con un canto biselado y tres agujeros de espiga en el borde.
Estaba negra por fuera y todavía clara en la fractura.
En la cara plana, quemada a fuego, se veía media marca: una letra L mayúscula con una especie de rama debajo, y después de la rama, dos cifras que podían ser un nueve y un nueve.
—Es un fondo de barrica —dijo la sargento Munilla—. O media tapa. La han partido.
—¿Y qué hace en la zanja?
—Estaba debajo de él. Entre los omóplatos y la pared de la zanja, como una cuña.
Aurora la miró durante un rato.
—Como si lo hubieran llevado encima.
—Yo no he dicho eso.
—Lo digo yo.
El lunes por la mañana Aurora subió a Haro con la pieza embolsada, la ficha fotográfica y una lista de tres tonelerías.
La primera le dijo que la marca no era suya.
La segunda le dijo que a lo mejor era de un tostado francés de los años ochenta.
La tercera estaba en la calle de una cuesta, detrás de la estación, en una nave con el portón abierto y un olor a roble quemado que se notaba desde veinte metros, y se llamaba Tonelería Ollauri e hijos, aunque llevaba dieciocho años sin hijos.
El hombre que salió a recibirla llevaba un mandil de cuero, tenía cincuenta y dos años y unas manos con una geografía de cortes viejos.
Se quedaron los dos parados dos segundos de más.
—Aurora Jalón —dijo él.
—Fermín.
—Del instituto.
—Del instituto.
—Te hiciste guardia civil.
—Y tú tonelero.
—Yo ya lo era antes de nacer —dijo Fermín Ollauri, y se apartó de la puerta para dejarla pasar.
Dentro había once barricas en distintos estados de existencia, un fuego de virutas de roble ardiendo bajo una que estaba abierta como una flor, y una radio puesta muy baja en una emisora de Logroño.
Aurora sacó la bolsa de pruebas y la puso encima del banco.
Fermín se secó las manos, cogió la bolsa por los bordes, la levantó a contraluz y no dijo nada durante casi un minuto.
—¿De dónde ha salido esto?
—No te lo puedo decir.
—Ya. —La giró—. Roble americano. Quercus alba, tabla de sierra, no de hendido, lo que quiere decir barrica de las baratas o barrica de segunda mano, y por el grueso y por el bisel yo diría que de doscientos veinticinco litros. Bordelesa.
—¿Y la marca?
—La marca no es de barrica.
Aurora levantó la cabeza.
—¿Cómo que no?
—Que el que quemó eso no la quemó cuando la barrica se hizo.
—Fermín señaló con el meñique, sin tocar el plástico—.
Cuando yo marco un fondo, marco en el centro y marco en seco, con el hierro a punto, y la letra entra limpia y queda una huella parda.
Esto está quemado con el hierro demasiado caliente y descentrado, y mira la ceja de aquí: eso es que la madera ya estaba húmeda de vino cuando le pusieron el hierro.
Esta marca se hizo en una bodega, no en una tonelería. Con la barrica llena o recién vaciada.
—¿Y eso se hace?
—Se hace cuando alguien quiere poner su nombre en una barrica que no lleva su nombre. —Fermín dejó la bolsa en el banco—. Bodegas que compran barricas usadas a una bodega grande, las repasan y las marcan con su propio hierro. No es delito. Es un poco triste, nada más.
—¿Puedes decirme de quién es el hierro?
—Puedo decirte que esa rama debajo de la L es un sarmiento estilizado con tres yemas, que es un dibujo que en este valle hizo un rotulista de Nájera que se llamaba Emiliano y que murió hace veinte años, y que se lo hizo a cuatro o cinco casas.
—Fermín se rascó la barbilla—. Y que las dos cifras no son el año de la barrica.
Son el año de la campaña. Noventa y nueve.
Aurora respiró despacio.
—Fermín.
—Dime.
—¿Bodegas Lacorte usaba ese hierro?
Fermín Ollauri la miró y en su cara no hubo ninguna sorpresa, lo cual, pensó Aurora, era en sí mismo una información.
—Bodegas Lacorte usaba ese hierro —dijo—. Mi padre les vendió veinte barricas de segunda mano en el noventa y ocho y en el noventa y nueve. Está en el libro. Si quieres te lo saco.
—Quiero que me lo saques.
—Te lo saco esta tarde. —Se limpió las manos otra vez, aunque ya las tenía limpias—. Aurora.
—¿Qué?
—Lo del huerto de las Pozas. Lo sabe Haro entero desde el sábado.
—Ya me lo imagino.
—Y hay una cosa que no te va a decir nadie de allí —dijo Fermín—, y te la digo yo porque a mí no me tiene que fiar nadie el vino.
Aquella viña se murió. En el noventa y ocho y el noventa y nueve se murió entera.
Yo lo vi. Iba a llevar barricas y me acuerdo de las cepas secas como escobas en junio.
Y al año siguiente estaba verde otra vez, y nadie dijo nunca nada, y todo el mundo siguió diciendo que era la viña de mil ochocientos setenta y tres.
—¿Y por qué se murió?
—Eso —dijo Fermín Ollauri— era la pregunta que no se hacía.