5 Clara
Hablaron en el porche de la nave vieja, sentadas en dos cajas de vendimia dadas la vuelta, porque Clara Marrodán dijo que no quería entrar en la oficina y Aurora había aprendido hacía mucho tiempo que un testigo que elige el sitio habla más.
—Clara Marrodán Ochoa. Treinta y un años. Enóloga.
—¿De aquí?
—De aquí.
—¿Y la familia?
—Mi madre vive en Zaragoza. No nos hablamos mucho. —Una pausa—. Mi padre no está.
—¿No está cómo?
Clara levantó la vista. Tenía los ojos claros y una manera de sostener la mirada que no era desafío sino cansancio muy antiguo.
—Se fue en el noventa y nueve. Yo tenía cuatro años. Se fue a Francia a trabajar y no volvió. Eso es lo que me han contado toda la vida y eso es lo que hay en el papel del cuartel, si lo busca usted, que lo va a buscar.
Aurora no escribió nada. Dejó el bolígrafo quieto sobre la libreta.
—¿Cómo se llamaba?
—Sergio Marrodán Ubis.
—¿A qué se dedicaba?
—Era injertador. Y viverista, con su cuñado, en Uruñuela, pero eso duró poco. Lo suyo era injertar. Iba por los pueblos en primavera, con la navaja y la cinta, y hacía sobreinjertos. Reconvertía viñas viejas de garnacha a tempranillo, que era lo que se pagaba. En los noventa eso era un oficio.
—¿Y se fue a Francia.
—Eso dicen.
—¿Usted qué dice?
Clara tardó en contestar. Al otro lado del patio, en la nave nueva, se oyó arrancar una bomba de trasiego y pararse enseguida.
—Yo digo que hay un hombre enterrado en una zanja de plantación en la finca de las Pozas —dijo—.
Y que la finca de las Pozas se plantó en el otoño de mil novecientos noventa y nueve, entre el catorce y el veintidós de septiembre, con planta injerto de un vivero de Uruñuela, y que hay quince personas vivas en este valle que lo saben y que llevan veintisiete años diciendo que esas cepas son de mil ochocientos setenta y tres.
Aurora dejó pasar tres segundos largos.
—Repítame eso.
—Lo ha oído perfectamente.
—Quiero oírlo dos veces.
Clara lo repitió. Palabra por palabra, con las mismas fechas, sin adornar y sin bajar la voz.
—¿Y por qué me lo cuenta usted y no él?
—Porque a él le va a costar la bodega y a mí me va a costar el trabajo, y yo el trabajo lo puedo encontrar en otro sitio.
—Clara se pasó las manos por las rodillas—.
Y porque llevo once años escribiendo esa mentira en las contraetiquetas, y hoy he visto salir un hombre de debajo de esa mentira, y ya está.
—¿Sabe usted si ese hombre es su padre?
—No.
—¿Lo cree?
—Lo llevo creyendo desde las nueve y veinte de esta mañana —dijo Clara Marrodán—. Pero creer no vale nada. Usted haga su trabajo.
Se levantó. Aurora la dejó irse cuatro pasos.
—Clara.
—Dígame.
—¿Quién decidió el arranque de las Pozas?
—Yo. Lo firmé yo en marzo.
—¿Por qué?
—Porque las cepas tenían veintisiete años, estaban dando una uva mediocre y la mentira se estaba haciendo vieja —dijo—. Y porque tarde o temprano alguien iba a venir a hacer un análisis y se iba a dar cuenta. Prefería que la viña desapareciera antes.
—¿Y sabía usted lo que había debajo?
Clara Marrodán se quedó quieta en mitad del patio, de espaldas, con las manos en los bolsillos.
—No —dijo.
Y se fue.