Merma 4 El pueblo, a las ocho de la tarde
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4 El pueblo, a las ocho de la tarde

A las ocho de la tarde del viernes, Valdecernada sabía tres cosas y se había inventado once.

Aurora lo comprobó en el Bar, donde entró a las ocho y cinco con Cuevas y pidió dos cafés solos porque en un pueblo el que no consume no pregunta.

Lo que sabían: que habían salido huesos en las Pozas, que era un hombre, y que la Guardia Civil había cortado el camino alto.

Lo que se habían inventado: que eran de la guerra; que eran de un maquis; que eran de un pastor portugués que desapareció en los años sesenta; que era una mujer; que eran dos; que Fabián Lacorte lo sabía; que Fabián Lacorte no lo sabía pero su hermano sí; que había sido un ajuste de cuentas de la droga en los noventa, cuando en Nájera hubo lo que hubo; que la máquina lo había destrozado todo; que no lo había tocado; que la bodega iba a cerrar; que la bodega ya estaba vendida a unos franceses.

—Es un récord —dijo Cuevas en voz baja—. Nueve horas.

Aurora se apoyó en la barra. El bar tenía una máquina tragaperras apagada, una televisión con el fútbol sin sonido, un calendario de una casa de fitosanitarios y doce hombres, todos de más de sesenta, y dos mujeres, las dos detrás de la barra.

—Buenas —dijo Aurora en voz alta y clara—. Soy la teniente Jalón, de la Policía Judicial de Logroño. Voy a estar unos días por aquí. El que quiera contarme algo, que me lo cuente a mí y no a su cuñado, que yo tomo nota y el cuñado no.

Se rieron cuatro. Uno de los que no se rieron era un hombre muy mayor, sentado solo junto a la ventana con una botella de gaseosa, que la miró con una atención que a Aurora le pareció distinta de la curiosidad.

Salieron a las ocho y media. En la plaza había treinta personas.

Fabián Lacorte los estaba esperando junto a la fuente. Tenía cincuenta y nueve años, era alto, de cara ancha y colorada, con un chaleco acolchado azul marino y unas manos grandes que no sabía dónde poner.

—Teniente. Fabián Lacorte. La bodega es mía.

—Ya lo sé.

—¿Qué necesita?

—Necesito los libros de la bodega desde mil novecientos noventa y cinco.

Lacorte parpadeó.

—¿Los libros?

—Registros de movimientos, partes de vendimia, declaraciones de cosecha, entradas de uva, albaranes de plantas, facturas de maquinaria, nóminas si las hay, y los partes del Consejo Regulador. Todo lo que tenga papel y fecha.

—Eso... eso está en el desván. Parte está en el desván.

—Pues mañana subimos al desván.

Lacorte se pasó la mano por la boca.

—Teniente, con todo respeto. Eso que ha salido ahí puede ser de cualquiera. Ahí ha habido de todo, esto es un camino viejo, por ahí pasaba la senda vieja de Cordovín...

—Señor Lacorte.

—Dígame.

—¿Cuándo se plantó la parcela de las Pozas?

Se hizo un silencio de dos segundos que Aurora archivó entero, con el ruido de la fuente detrás y el eco de la plaza y la manera en que Fabián Lacorte movió el peso del pie derecho al izquierdo.

—En mil ochocientos setenta y tres —dijo.

—¿Y desde entonces no se ha replantado nada? ¿Ni marras, ni fallos, ni una calle?

—Alguna marra habrá.

—¿Con zanja de máquina de ochenta centímetros?

Lacorte no contestó.

Detrás de él, a diez metros, apoyada en el muro del frontón con los brazos cruzados, había una mujer joven con una sudadera gris que Aurora ya había visto aquella mañana sentada en el ribazo de la calle catorce.

No se había movido de allí en todo el día, según el guardia de Nájera.

No había llorado, no había preguntado nada, no se había marchado.

—¿Quién es? —dijo Aurora.

—Clara —dijo Lacorte—. Mi enóloga.