Merma 3 Lo que la tierra devuelve
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3 Lo que la tierra devuelve

La sargento Pilar Munilla, de Criminalística, llegó a la una menos cuarto con la furgoneta y con un humor de perros que no tenía nada que ver con el caso y todo con la A doce.

Tenía cincuenta y un años, el pelo corto y gris, y una teoría sobre el trabajo que había expuesto a Aurora la primera vez que trabajaron juntas: que un escenario al aire libre se pierde de tres maneras, por la lluvia, por los curiosos y por la prisa, y que de las tres la única que podía controlar un guardia civil era la tercera.

Montaron la carpa sobre la calle catorce a las dos.

—No lo toquéis —dijo Munilla—. Voy a cuadricular.

Cuadricular once mil metros cuadrados de viña recién arrancada no era razonable y Aurora lo sabía; lo que hicieron fue cuadricular la calle catorce y las dos contiguas, treinta y dos metros de largo por seis de ancho, en sectores de dos por dos, y fotografiar cada cepa caída con su número antes de moverla.

Fueron ciento veinte fotografías solo de cepas.

La doctora Aránzazu Pinillos llegó de Vitoria a las cuatro. Era antropóloga forense, cuarenta y nueve años, delgada, con unas gafas de leer colgadas de un cordón y una costumbre de hablar consigo misma en voz baja mientras trabajaba que a la gente le resultaba inquietante hasta que se acostumbraba.

Trabajó tres horas antes de decir nada que se pudiera escribir.

—Es un individuo —dijo al final, sentada en el estribo de la furgoneta con un café de máquina—. Uno solo. Varón, casi seguro. Adulto joven o de mediana edad.

—¿Cuánto tiempo?

—No te lo voy a decir hoy.

—Dime algo que no me valga.

Pinillos sonrió sin ganas.

—Más de quince años, menos de cuarenta. La ropa ayuda. Vaqueros de algodón con poliéster, eso te dura; el algodón puro a estas alturas ya no estaría. Hay suela de goma. Hay una hebilla. Hay una cremallera de metal con marca. Y hay una cosa que te va a gustar más que todo eso.

—Dime.

—Está tumbado en un hoyo que no lo cabía.

Aurora esperó.

—La fosa es estrecha y larga —dijo Pinillos—.

Es una zanja, Aurora. No es un agujero cavado con una pala por un hombre asustado en dos horas.

Es una zanja de máquina, recta, de unos setenta centímetros de ancho y ochenta de fondo, y él está en el tercio final.

Las piernas están dobladas porque la zanja no daba más de sí, pero está tumbado de espaldas, no tirado de cualquier manera.

—¿Y eso qué me dice?

—Que lo enterraron en una zanja que ya estaba abierta.

—Pinillos bebió el café—. En una viña, esas zanjas se abren para plantar.

Desfonde. Se abre, se echa la planta, se tapa.

Si tú quieres esconder a alguien en una viña y no te quieres pasar la noche cavando, lo que haces es esperar a que alguien abra la tierra por su cuenta.

Aurora miró hacia la carpa, hacia la luz blanca del foco que ya hacía falta porque el sol se había ido detrás de la Demanda a las siete y cuarto.

—Entonces lo enterraron el año que se plantó esta viña.

—Eso lo dices tú, no yo.

—¿Y cuándo se plantó esta viña?

Pinillos se encogió de hombros.

—Pregúntale al de la bodega. Dice el de la bodega que es de mil ochocientos setenta y tres.

Aurora se quedó mirándola.

—¿Cómo dices?

—Que la viña es de mil ochocientos setenta y tres —repitió Pinillos—. Lo pone en un cartel de madera en la entrada del camino. Lo he leído al venir.

Volvieron las dos la cabeza a la vez hacia el camino alto, donde efectivamente había un cartel de roble con letras quemadas a fuego y un escudito, y donde el cartel decía lo que llevaba diciendo veinte años a todos los que subían a hacerse una fotografía con las cepas viejas del Corral de las Pozas.

—Vale —dijo Aurora despacio—. Vale.