2 Teniente Jalón
A la teniente Aurora Jalón la llamaron a las diez y cuarto, cuando estaba en el despacho de la Comandancia de Logroño peleándose con una hoja de cálculo que no cuadraba por catorce euros.
—Restos óseos en una viña de Valdecernada —dijo el capitán Rincón desde la puerta—. Los ha sacado una arrancadora. El Seprona ya ha dicho que no es suyo.
—¿Antiguos?
—El sargento de Nájera dice que hay ropa.
Aurora cerró la hoja de cálculo sin guardarla.
Tenía cuarenta y ocho años y llevaba once en la Policía Judicial, cuatro de ellos al frente del equipo de Logroño.
Era de Nájera, hija de un empleado de la azucarera que había cerrado en el ochenta y nueve, y había vuelto a Nájera hacía seis años, después del divorcio, a una casa con dos balcones que daban al río y una calefacción que no funcionaba nunca cuando hacía falta.
Su hija Ángela estudiaba Veterinaria en Zaragoza y llamaba los domingos por la tarde, casi siempre desde el autobús.
Cogió la chaqueta y el maletín de acta y bajó al patio.
—Cuevas —dijo por el pasillo—, tú conmigo. Bañares, avisa a Criminalística y llama a la doctora Pinillos por si acaso. Zorzano, vete preparando el listado de desaparecidos de la zona desde el noventa.
—¿Desde el noventa? —dijo Zorzano.
—Si es de antes, ya lo ampliaremos. Empieza por donde hay papel.
Valdecernada estaba a treinta y ocho kilómetros, en el valle del Najerilla, entre Badarán y Cordovín, en una vuelta del río donde la carretera se estrechaba entre dos paredones de conglomerado.
Doscientos once habitantes en el padrón, cuatrocientos en agosto.
Una iglesia con un pórtico del quince, una fuente de tres caños, un frontón, un bar que se llamaba el Bar, una cooperativa cerrada en dos mil ocho y una bodega, Bodegas Lacorte, con el rótulo de hierro oxidado en la fachada sur y una nave nueva detrás.
Aurora conocía el pueblo. Todo el mundo de Nájera conocía Valdecernada por las fiestas de septiembre y por el vino.
El sargento primero Damián Cuevas conducía. Era un hombre de cuarenta y seis años, ancho, callado, con una manera de conducir que Aurora encontraba insoportablemente correcta y que en once años nunca le había dado un susto.
—¿Sabe usted lo del viñedo ese? —dijo Cuevas a la altura de Uruñuela.
—¿Qué viñedo?
—El de las Pozas. Es famoso. Sale en las revistas. Cepas de antes de la filoxera.
—¿Y lo están arrancando?
—Eso es lo raro —dijo Cuevas.
Aurora miró por la ventanilla. A los dos lados de la carretera las viñas empezaban a virar, las tempranillo más rojas, las garnachas todavía verdes, los ribazos secos. Era el color que tenía septiembre en el valle desde que ella tenía uso de razón y siempre le había parecido un color con prisa.
—Cuevas.
—Dígame.
—Cuando lleguemos, no digas delante de nadie que la viña es famosa.
—¿Por qué?
—Porque si es famosa, en cuatro horas hay una furgoneta de televisión en la linde y yo quiero cuatro horas.
Llegaron a las once y once. Había tres coches en el camino alto, el del maquinista, un Land Rover de la bodega y el todoterreno de la patrulla de Nájera.
Un guardia joven había puesto cinta entre dos postes de una espaldera, lo cual era, técnicamente, un desastre, porque la cinta cruzaba justo por encima del camino de servicio por el que había pasado la arrancadora toda la mañana.
Aurora se puso los cubrezapatos en el estribo del coche.
—Quiero la parcela entera —dijo—. No la calle. La parcela.
—Son once mil metros, mi teniente.
—Son once mil metros —confirmó ella.