Merma 1 La máquina
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Por Berta Ezquerro

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1 La máquina

La máquina de arrancar viñas trabaja hacia atrás.

Eso fue lo primero que pensó Clara Marrodán aquella mañana, de pie en la linde del Corral de las Pozas, con las manos en los bolsillos de la sudadera y el frío del Najerilla subiéndole por las perneras: que la máquina avanzaba retrocediendo, que el tractor iba marcha atrás por la calle de la viña y que la garra hidráulica mordía cada cepa por el pie, la levantaba con un crujido corto y la dejaba caer de lado, con las raíces al aire, como un animal que se rinde sin ruido.

Eran las nueve y veinte de un viernes de septiembre. El once. Faltaban nueve días para que empezara la vendimia en el valle y aquella parcela ya no iba a vendimiarse nunca más.

—Sesenta y cuatro cepas por hora —dijo el maquinista desde la cabina, bajando la ventanilla—. A este ritmo lo tenemos para el martes.

Clara asintió sin contestar. No quería hablar.

Llevaba once años trabajando en Bodegas Lacorte, siete de ellos como enóloga, y había firmado ella misma el informe técnico que recomendaba el arranque: viñedo agotado, producción irregular, patrón inadecuado, suelo compactado en las calles pares.

Todo era cierto. Todo estaba escrito con frases que no significaban nada y que significaban una sola cosa.

La finca tenía una hectárea y ocho áreas.

En el catastro figuraba como polígono nueve, parcela ciento cuarenta y uno.

En el valle la llamaban las Pozas porque en el fondo, donde el terreno hacía cuchara, se encharcaba el agua después de las tormentas de agosto y tardaba tres días en irse.

En las etiquetas de la bodega había figurado durante veintisiete años una frase en letra pequeña: viñedo viejo, plantación de mil ochocientos setenta y tres, pie franco.

Clara conocía esa frase de memoria. La había escrito y reescrito en catorce contraetiquetas distintas.

Había explicado a compradores de Copenhague y de Toronto lo que significaba pie franco, cepas sin injertar, vides que habían sobrevivido a la filoxera porque el suelo arenoso del recodo no dejaba avanzar al insecto.

Lo había contado bien. Lo contaba muy bien, decía Fabián.

El tractor llegó al final de la calle catorce y giró. La garra bajó, mordió, tiró.

No salió la cepa.

—Esta tiene una piedra —dijo el maquinista.

Volvió a intentarlo. La cepa cedió a medias, arrastrando un pegote de tierra oscura del tamaño de un saco de cemento, y en el hueco quedó algo blanco que no era piedra caliza ni era yeso ni era ninguna de las cosas blancas que hay en un suelo de La Rioja Alta.

Clara no se movió. Después contaría muchas veces, a mucha gente distinta, que no se movió porque estaba pensando en la máquina. Era mentira solo a medias.

El maquinista se bajó de la cabina. Era un chaval de Cordovín, veintiséis años, con un pendiente en la oreja izquierda y las botas llenas de barro rojo. Se acuclilló, apartó la tierra con el canto de la mano y se levantó de golpe, dando un paso atrás.

—Clara.

—Ya lo veo.

—¿Eso es...?

—Ya lo veo —repitió ella.

El chaval sacó el móvil. No había cobertura en el fondo de las Pozas; nunca la había habido. Subió andando hacia el camino, muy deprisa al principio, luego más despacio, como si le diera vergüenza correr delante de un muerto.

Clara se quedó sola en la calle catorce con la garra hidráulica todavía levantada sobre la cepa a medio arrancar y el motor del tractor al ralentí. El sol estaba saliendo por encima del hombro de la sierra de la Demanda y daba de lleno en el hueco.

Se acuclilló donde se había acuclillado el maquinista. No tocó nada. Miró durante mucho rato el hueso largo, limpio y curvo que asomaba entre las raíces, y la tira de tela vaquera azul deslavado que lo acompañaba, y una hebilla de latón con el metal comido de verdín.

Después se levantó, apagó el tractor con la llave y se sentó en el ribazo a esperar a la Guardia Civil.

Tenía treinta y un años. Su padre había desaparecido cuando ella tenía cuatro.