CAPÍTULO 55 #2
Ornella posó los ojos en el cuerpo de Luca, que yacía inconsciente a mi lado, y suspiró profundamente.
—Luca es ese tipo de hombre que cautiva a quien lo conoce: atractivo, pasional, inteligente y profundo.
Por eso temí que tú cayeras presa de su influjo, más cuando descubrí que sentía algo más que un simple interés profesional por ti.
Por eso me esmeré en hacerte desconfiar de él.
Era un Rizzoli y, como tal, tenía pensado acabar con él cuando ya no me fuera de utilidad.
Sin embargo, logré tenerle un gran aprecio en mi entregado papel de abuela sacrificada.
Lo convencí de que participara en el montaje para despertar tus recuerdos, pues pensé que eran vitales para resolver el enigma.
Pero pronto descubrí que juntos formabais un equipo perfecto.
Si él no hubiera comenzado a salirse de la trama, quizá no lo habría matado después de todo.
Cerré los ojos un instante ante aquella posibilidad, mortificada y sin aliento. Él no estaba muerto, me dije con firmeza. No podía esperar más tiempo.
—Enamorarse de ti fue su perdición —adujo Ornella con inusitado pesar—. Actuaba por su cuenta y me escondía descubrimientos. Y temí que finalmente ambos huyerais con el tesoro y la clave.
—La clave ya la tienes. La tiene tu asistente —recordé, enfatizando con ácido desdén la última palabra.
Ornella alzó una ceja con evidente desconfianza y sonrió con suficiencia.
—Luca no es de los que se rinden. Desconociendo que yo era la viuda de Rizzoli, me confesó muchas cosas; una de ellas fue que jamás permitiría que esa clave viera la luz.
Es fácil deducir para mí que lo que le ha dado a mi asistente no es la clave verdadera.
Y estoy segura de que la original está en esa mochila.
Sostuve su penetrante mirada en aquella noche clara, en mitad de la serena laguna, entre la recortada oscuridad de Poveglia y el resplandor mortecino de Venecia.
En mitad de ninguna parte, como si estuviéramos suspendidas en el limbo, en esa frontera que separa la vida de la muerte, plenamente consciente de que estaba a punto de atravesar uno de los dos mundos.
—Como estoy segura de que Luca tenía más intereses en este descubrimiento que yo —agregó con solemnidad—.
Y, aunque nunca pude sonsacarle sus motivos y siempre sospeché que todo se debía a su necesidad por conocer sus orígenes, o quizá a su ambición, ahora, después de ver cómo te ha protegido entregando su vida innecesariamente, sé que sólo buscaba un ancla a la que sujetarse en este mundo.
Y esa ancla eras tú. Resulta paradójico que sea precisamente lo que lo ha alejado de él.
—¡Le has disparado tú! —la acusé impotente.
Las lágrimas quemaban mis ojos y mi corazón sangraba ante el miedo de perderlo—.
¡Tú eres la única culpable de todo, de sus desgracias y de las mías!
¡Tu maldita ambición ha roto vidas, causando mucho dolor!
Y todo por unas sucias monedas y una clave estúpida.
No sé si eres más digna de lástima que de odio.
Estás tan vacía, eres tan abominable que no puedo más que compadecerte y lamentar que compartamos la misma sangre.
Ornella dio un paso hacia mí sosteniendo con firmeza su pistola. Su ceño se acentuó, su gesto se endureció y yo alcé la barbilla para enfrentarla. El momento se acercaba.
—Ambas llevamos la mejor sangre del mundo, ¿acaso no has leído el diario?
—increpó resentida—. La de una mujer que venció a su destino, que demostró que ningún hombre podía someterla.
Una mujer llena de coraje y de fuerza que retó al mismísimo dux, que atravesó un país en guerra, que se enfrentó a sus enemigos y los venció.
Una mujer que mereció gobernar un Estado, como yo merezco gobernar el mundo en su nombre.
Respiré hondo, testigo de su locura, de aquella particular y nefasta interpretación de un diario.
Resultaba curioso cómo, según la mente del que lo leyera, cobraba un sentido u otro, cuando en verdad las palabras gozaban del mismo significado.
En ocasiones, a veces no se leía lo plasmado, sino lo que se necesitaba leer, a menudo para justificar un acto, un pensamiento o una doctrina.
¡Cuántas atrocidades se cometían acomodando un texto a los propios intereses, moviendo masas a conveniencia!
Definitivamente fue la compasión la que ganó en mi espíritu, lo que no mermó el dolor y la rabia que sentía.
—Alonza sólo fue fiel a su corazón —repuse categórica—, no a la ambición, ni a la venganza, ni al odio, a pesar de necesitarlos como armas.
Luchó porque no le dejaron otra opción, y lo hizo con coraje, sí, pero lo único que movió su corazón a ello fue el amor que sentía por un hombre, un hombre tan grande como ella.
Nunca aspiró a tener más poder que el de manejar su propio destino.
Su único deseo se reducía a ser libre, a amar y ser amada.
Si hubiera querido gobernar el mundo, habría intentado poner en práctica esa clave, pero no lo hizo, la escondió.
Y ¿de veras crees que una maldita frase podrá someter a la humanidad? ¿Tan lejos llega tu locura?
Dio otro paso hacia mí. Comencé a deslizar la pistola fuera del bolsillo.
—Los evangelios cambiaron el mundo —murmuró rotunda—, el Corán y la Torá también, y ahora..., la humanidad nunca había estado tan perdida ni tan dividida. Un caldo de cultivo perfecto para sembrar una semilla que, bien regada, puede germinar y dar sus frutos. Sí, lo creo, y voy a demostrarlo.
La mochila estaba a mis pies. Sabía que cualquier movimiento brusco por mi parte podía activar su gatillo, así que decidí acompañar mi intención de palabras.
—Demuéstralo —la animé, y miré hacia abajo para atraer su mirada en dirección a la mochila—. Coge el tesoro y la clave y cumple tu sueño.
Empujé la bolsa con la punta de mi pie, impulsándola suavemente hacia ella.
Cuando vi su intención de agacharse para cogerla, extraje completamente la pistola del sesgado bolsillo y disparé.
Ella me imitó.
En mis oídos resonó el eco de la detonación y a mi olfato acudió el aroma acre de la pólvora. Todo mi cuerpo temblaba, incluso temí caer de rodillas sobre la cubierta. Pero no fue el mío el que se desplomó.
No obstante, otra bala pasó entonces letal junto a mí e impactó contra el motor. Me precipité al suelo cubriendo el cuerpo de Luca, huyendo de la explosión que rugió en la noche con la misma virulencia que la angustia que me sacudía.
Las llamas comenzaron a elevarse en busca de aire, voraces y vibrantes. Su furibundo crepitar flotó en la brisa nocturna y su flamígero resplandor doró el profundo azul de la noche con destellos parpadeantes.
Un potente crujido quebró la embarcación y el agua empezó a penetrar en el interior. Un pánico demencial me asaltó. Me puse en pie y comencé a buscar chalecos salvavidas en los compartimentos laterales. Encontré uno y se lo coloqué a Luca denodadamente.
Me detuve junto al cuerpo de Ornella. Todavía respiraba, a pesar del charco de sangre que la circundaba. Alargó su mano hacia mí. La herida de bala que atravesaba la mitad de su pecho apenas le concedería unos breves instantes de vida.
—Alonza..., llévame contigo... —musitó débil.
La miré confusa y ella apresó con inusitada fuerza mi muñeca. Sus ojos se abrieron desmedidos, asombrados y emocionados.
Y entonces, como un fugaz relámpago de luz, mi mente se abrió a aquel día. Mi alrededor se desdibujó y, en mitad de aquellas danzantes llamas, mi conciencia se nubló llevándome a otro incendio...
Ante mí tenía aquella carta. Apenas me había dado tiempo a repasarla cuando me la arrebataron de las manos, y sin embargo sabía lo que ponía, porque la había escrito yo.
Miré hacia abajo y el vestido de mis visiones estaba ahí, sobre mí. Alcé trémula las manos con la mirada fija en los encajes de los puños, en los ricos damascos de la falda, en las perlas engarzadas y en el largo mechón ondulado y platino que caía sobre mi escote. Y entonces recordé...
Querido Lanzo:
Hace días que sueño con mi muerte. Sé que algo va mal en mí, como sé que lucharé para traer tan deseado hijo al mundo. No obstante, la certeza de mi muerte pesa tan rotunda sobre mí que a veces me cuesta respirar, el miedo me atenaza y me escondo para llorar en silencio tan devastadora certeza.
Sé que asistirás a mi parto, y sé que ninguna mujer podría tener jamás mejor médico a su lado ni mejor hombre.
Pero la muerte siempre acaba por cobrar sus deudas y yo he logrado esquivarla varias veces.
No obstante, sé que esta vez no lo conseguiré, mis sueños así me lo dicen.
No es fácil tener conocimiento de tan trágico suceso; sin embargo, lo agradezco, pues vivo cada instante a tu lado con más viveza de lo que ya lo hacía.
Además, tengo la oportunidad de despedirme, pues si estás leyendo esta carta significa que mi premonición se ha cumplido.
Amor mío, no he muerto, pues vivo en ti y en mi pequeño, que sé que cuidarás por los dos.
No quiero que pases la vida lamentando mi muerte; deseo que la vivas intensamente, pues yo estaré a tu lado, ya no en cuerpo, pero sí en alma, y sonreiré allá donde esté, cuando tú lo hagas.
Y cuando llegue el final de tu existencia, yo iré a buscarte para vivir eternamente.
Sé que renaceremos, pues un amor como el nuestro es más poderoso que la vida y que los tiempos.
Y nos buscaremos sin descanso hasta encontrarnos, da igual las vidas que necesitemos hasta lograrlo, porque lo conseguiremos.
Tengo confianza ciega en el destino, y sé que nos marcará de algún modo para reconocernos.
Me gustaría pedirte que si nuestro bebé es niña se llame Chloe, su vida fue arrancada impunemente de este mundo y un alma como la suya debe volver. Si es niño, quizá Angelo también merezca regresar; fue tu padre y también truncó su vida la maldad.