CAPÍTULO 55
T RAS EL HUMO DEL OLVIDO
Un potente haz de luz incidió en nosotros conforme nos acercábamos.
Cuando llegamos a la orilla, Sofia y sus matones desembarcaron.
Fue evidente su desconcierto al no ver a Stefano junto a nosotros.
—Has roto el trato —afirmó Luca sin inflexiones en su voz, simplemente constatando un hecho.
—Hay demasiado en juego para poder fiarme de un hombre como tú —aseveró ella.
—Más razón para no poner en riesgo tu objetivo. Y más cuando sabes que dependo de ti para salir de aquí —opinó Luca con dureza—. Por suerte para ti, soy un hombre razonable y estoy abierto a más tratos.
—¿Lo has encontrado?
Luca asintió seco, y la mirada de Sofia saltó ansiosa a la mochila que él portaba. Una sonrisa sibilina comenzó a arquear sus labios.
—Mi trato ahora es dejarte vivo y en paz —ofreció victoriosa—, y estoy siendo muy generosa.
Sus hombres nos apuntaron con sus armas. Yo alcé la pistola y la dirigí hacia Sofia. Me temblaban las rodillas y el miedo me atenazaba, pero logré ocultar mis emociones para ofrecer una imagen segura y decidida.
Luca esbozó una sonrisa de suficiencia y sacó de su bolsillo el pergamino y el mechero, que encendió acercando la llama al extremo del pliego. Sofia se demudó en el acto.
—Yo te ofrezco otro —replicó él, dejando que la llama lamiera voraz la esquina de la página—. Apago este pequeño incendio si me entregas las llaves de la lancha y te olvidas de nosotros.
—¿Y el tesoro?
—¿Dominar el mundo te parece poco? —adujo mordaz.
El fuego comenzó a extenderse devorando el papel.
—¡Apaga eso, maldito seas!
—Las llaves, y que tus hombres lancen sus armas a la laguna —insistió Luca inflexible.
Sofia miró a sus secuaces y asintió vehemente.
Ambos arrojaron sus armas al agua, que la engulló con un relamido chasquido. Uno de ellos sacó un manojo de llaves y nos lo lanzó. Luca sopló con fuerza y sacudió el pergamino con la mano para apagarlo. El humo ascendió en finas volutas y Sofia respiró aliviada.
Luca me arrebató la pistola y, ante un gesto apremiante, me conminó a embarcar.
Ya en cubierta, envolvió la página en torno a una linterna y la lanzó.
Sofia se precipitó hacia ella y, mientras Luca arrancaba el motor, desenrolló el pergamino y, linterna en mano, enfocó el pliego.
Pude ver el ambicioso refulgor de su mirada fija en él, y cómo su expresión titilaba exultante.
Luego sus ojos se fijaron en nosotros y pude percibir cómo alargaba el brazo en nuestra dirección.
Mi pulso se aceleró imaginando lo que llevaba en la mano.
Oí la detonación y mi corazón se detuvo. Me giré hacia Luca, que me empujó con fuerza y me lanzó sobre la cubierta. Luego salimos del estrecho canal que dividía la isla a toda velocidad.
Me alivió ver cómo Luca continuaba aferrado al timón, manejando la lancha con experimentada habilidad.
—¡No te levantes! —exclamó alzando la voz por encima del ruido del motor.
Y, en efecto, varios disparos más se sucedieron. Desde mi posición, pude ver cómo Luca se encorvaba sobre el timón, pero no pude apreciar nada más.
Cuando salimos a mar abierto, me puse en pie y me acerqué a él agarrada a la baranda. La excesiva velocidad me obligaba a hacerlo muy despacio, pero pronto fui consciente de que algo andaba mal.
Luca estaba casi reclinado sobre el panel de control. Su cuerpo aprisionaba la palanca de la velocidad.
Una mancha oscura se extendía por su espalda y el pánico más atroz me asaltó.
Logré llegar hasta él sin salir despedida por la borda e intenté separarlo del cuadro de mandos. Estaba consciente, apretaba los dientes y luchaba por mantener el equilibrio. Lo sujeté como pude y bajé la palanca hasta detener la embarcación. Su peso me venció y caímos al suelo.
—¡Luca! —lo llamé angustiada, cerniéndome sobre él y tomando su rostro entre las manos.
Me entregó la pistola y vocalizó un nombre. La lancha continuaba en marcha y el rugido del motor sofocaba su voz.
Señaló hacia el portalón que llevaba a los camarotes. Estaba entreabierto.
Un angustioso pálpito constriñó mi pecho.
Leí el nombre en sus trémulos labios y deslicé mi dedo sobre el gatillo en la pistola que llevaba oculta en la chaqueta. Y a mi mente, en ese crucial instante, acudieron frases sueltas que comenzaron a cobrar sentido gracias a un número en común: el cinco.
Hacía cinco años que Luca había empezado a trabajar para Ornella.
Hacía cinco años que había muerto Piero Rizzoli.
Y hacía cinco años que Gina había perdido a su marido.
Y ahora era ese nombre el que pendía como un urgente aviso en los labios de Luca.
Apagué el motor, me puse en pie y contuve el aliento.
Cuando la puerta se abrió lentamente, supe quién emergería de ella.
Un cañón me apuntó, y una mirada oscura y ladina transformó un rostro que había etiquetado como dulce e inofensivo en uno inquietante y letal.
El primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que necesitaba ganar tiempo hasta que ingeniara la manera de salir viva de allí.
Luca se desangraba tendido en el suelo de la lancha, cada minuto era decisivo para salvar su vida, pero sólo podía hacerlo enfrentándome a mi propio destino, a esa verdad que se había escondido tras el humo del olvido, rodeada de llamas y de pérdidas.
—Hola, Gina... —comencé grave—. ¿O debería llamarte Ornella?
La mujer dibujó un amago de sonrisa que otorgó a su rictus un tinte siniestro.
—Imagino que llamarme abuela sería pedir demasiado —respondió sardónica.
—El papel de abuela te queda incluso peor que el de madre. En ambas facetas fuiste nefasta. Ahora comprendo por qué mi madre nunca hablaba de ti: la abandonaste sólo por perseguir ese maldito tesoro.
Su mandíbula se tensó y sus labios se fruncieron disgustados.
—Sí —admitió sin un ápice de remordimiento en su tono—, sacrifiqué muchas cosas por él. Demasiadas para dejaros marchar con vida.
Confié en poder sorprenderla. Ella no sabía que yo tenía una pistola en el bolsillo, y esa baza jugaba a mi favor. No obstante, cualquier movimiento sospechoso por mi parte provocaría que me disparara a bocajarro.
—¿Como casarte con Piero Rizzoli? —inquirí con hondo resentimiento—. ¿Como embaucar a Luca para tu causa? ¿Como matar a toda tu familia?
—Ese incendio fue fortuito —bramó colérica de repente—, tu madre quemó la carta y no se apagó debidamente, prendió los papeles que había en la papelera y ocasionó el incendio. No soy responsable de eso.
—Quizá no directamente, pero en el fondo lo eres. Como de todo lo demás —acusé con rencor.
—Piero tenía el colgante que había vendido mi padre, y yo tenía el diario de Alonza.
Lo necesitaba y lo utilicé. Los Rizzoli fueron los causantes de la desgracia de mi familia desde tiempos inmemoriales.
La empresa de mi padre quebró por culpa de ellos, tuvimos que venderlo todo, y mi padre se suicidó en la más absoluta ruina. Juré vengarme y lo hice.
—¿Sacrificando a tu propia hija?
—Los Rizzoli también me buscaban, deseaban el diario. Y tarde o temprano habrían dado conmigo. Me aparté de tu madre para alejarla de ellos. Tuve que procurarme una identidad falsa para poder acercarme a Piero.
—Sofia, ¿no?
Asintió circunspecta.
—Y ¿quién es la mujer que se hace pasar por ti?
—Fue la asistente personal de Piero, y ahora mía. Logré que compartiera mis propios intereses.
—Como hiciste con Luca —aduje furiosa—. Y eso es todo un logro, dado que es un hombre dotado de una inteligencia brillante.
—Luca Vandelli ha sido trascendental en toda esta historia —confesó con un deje de orgullo en su tono—.
Lo busqué incluso antes de nacer, y aunque lamentaba no haber podido encontrarlo para matarlo, el destino me hizo agradecer con creces aquel fracaso.
Sin él no podría haber resuelto este gran enigma ni haber encontrado el tesoro.
—¡Fuiste tú quien amenazó a su madre!
—Sí. Fue la amante de mi marido, y no podía consentir que engendrara un Rizzoli. Debía acabar con su maldita estirpe.
Vi la locura en sus ojos. La obsesión, la ambición y el odio, brillando tan poderosos que me hicieron entender que la maldad no era genética ni se sucedía a través en generaciones.
La maldad era aleatoria, discriminatoria y anidaba en los pretextos más inverosímiles.
No había justificación alguna en ella, pero se rodeaba de excusas precarias que intentaban reforzarse con argumentos inválidos a ojos de quien no la poseía.
Y, al igual que la malevolencia había poseído el corazón de Fabrizio, Marco y Caterina, ahora gobernaba el de una descendiente de Alonza.
Quizá fuera el karma, que, caprichoso, cambiaba de verdugo a víctima, tal vez para equilibrar el destino de sus almas.
—La Providencia puso a Luca en mi camino.
Fue él quien llamó a casa preguntando por Piero.
Y yo oí esa conversación telefónica. Tenía que impedir que se vieran, y tuve que adelantar el asesinato de Piero y alejar a Luca de mí.
Pero, aunque logré meterlo en la cárcel con la ayuda de Zanetti, su socio, Stefano, no poseía su inteligencia.
Así que ideé otra manera de acercarlo a mí: usando mi verdadera identidad y tejiendo toda una trama para atraparlo en ella; por eso necesité una suplente en mi papel de viuda.
—Si Zanetti era tu socio y tú ya conocías el lema de la orden por el diario, ¿por qué los acertijos?
—Zanetti sólo es mi peón. No sabe nada, ni imagina que yo sé. Encontró los acertijos que había diseñado Piero y se obcecó con descubrir su significado. Utilicé eso para obtener el dichoso colgante. En realidad, el lema de la orden no es relevante para mí. Y quería poner a prueba la lealtad de Luca.
—Todo... —mi voz se quebró y las emociones comenzaron a aflorar, mezcladas con una rabia desmedida— todo aquel montaje de Gina, las fotos que me mostró Stefano, lo que el propio Luca me contó de tu muerte.
.., todo fue un repugnante montaje. Él..
. él me quiere y, sin embargo, me mintió todo el tiempo.