CAPÍTULO 54 #2
Deslicé el medallón por la ranura casi por completo y oí un resorte que cedía. Instintivamente, giré el reducido extremo visible y sonreí ante el suave gruñido del mecanismo liberando sus cierres. Al instante, la tapa se soltó.
Respiré hondo y comencé a abrirla.
Dentro había una especie de paño de lienzo, ya acartonado por el tiempo. Lo retiré y contuve el aliento al descubrir un alijo de joyas diversas. También había escudos de oro y algunos documentos.
Luca me sonrió exultante y acarició mi mejilla con afectada ternura.
—Te pertenece, Alessia, y te juro que nadie te lo arrebatará.
Y, allí, delante de aquel tesoro, me dije que lo único que no deseaba que me arrebataran era a aquel hombre que me miraba tan arrobado.
Luca volcó el contenido del cofre en su mochila, extrajo el colgante de la cerradura y me lo colgó del cuello.
—Esto también es tuyo.
—¿Cómo... sabías que yo fui... ella?
—Por lo que me hiciste sentir la primera vez que oí tu nombre... Esa «A»... se me clavó dentro —respondió apasionado—. Por cómo mi corazón se encogió cuando posé mis ojos sobre ti. Por cómo todo mi ser despertaba ante tu cercanía. Ya te lo expliqué una vez, lo supe en cuanto te vi. Eras tú...
Sentí un nudo en la garganta y ganas de fundirme en su pecho.
Él cerró entonces la tapa del cofre y se lo metió en la mochila. Cogió la pala y se puso en pie. Yo lo imité.
—Camina por el borde hasta el puente, las sombras te ocultarán.
Su mirada se tornó grave. Se inclinó sobre mí y me besó. Cuando ya se apartaba, me ceñí a él de nuevo.
—No se te ocurra dejarme sola —susurré con afectación—, ni hoy ni nunca. No cuando he tardado tanto en encontrarte.
En la boca de Luca titiló una sonrisa trémula, sus penetrantes ojos desprendieron un torrente de amor tan intenso que llenó mi alma de luz.
—Nunca he tenido tantos motivos para vivir.
Se apartó y comenzó a avanzar despacio y de frente en dirección a Stefano. Mi desazón se agitó encogiéndome el estómago. Tomé una gran bocanada de aire y me dirigí hacia el borde del octógono para recorrerlo sigilosamente.
—Hemos encontrado el lugar —informó Luca acercándose con naturalidad—. Pero el terreno es muy duro, necesito el equipo de excavación que hay en la lancha. Tenemos que regresar.
—No des un paso más —advirtió Stefano desconfiado—. Llamaré a Sofia y le diré que atraque aquí. Desembarcaremos el equipo y podrás trabajar bajo nuestra supervisión.
Luca se encogió de hombros, pero continuó acercándose a él con gesto distraído.
—¿Aún te pongo nervioso? —inquirió en tono ligero.
Stefano lo enfocó con la linterna mientras seguía apuntándolo con la pistola.
Continué rodeando el octógono con el corazón en un puño.
Me di cuenta de que si quería llamar por teléfono tendría que soltar o bien la linterna o bien la pistola, y ambas cosas supondrían un peligro para él con su enemigo tan cerca.
No dejaba de impresionarme la aguda inteligencia de Luca.
—Un paso más y disparo —amenazó Stefano furioso.
—Tranquilo —susurró Luca deteniéndose—. Será mejor que llames ya, no podemos correr el riesgo de que una patrulla nos sorprenda aquí.
Stefano titubeó sin saber qué hacer, quizá percibiendo su complicada situación.
—¿Te sujeto la pistola? —bromeó Luca.
—Pensé que no lo oiría nunca —respondió Stefano sarcástico.
—Puede que hoy sea tu día de suerte —masculló Luca con marcado cinismo—. Me pillas con predisposición a colaborar.
—No imaginas las ganas que albergaba de tenerte predispuesto.
—Pues ya ves cómo es la vida, por fin me tienes a tu merced. Siéntete orgulloso, finalmente has encontrado la manera de rendirme.
Su tono cáustico despertó en el gesto de Stefano una mueca ofendida; su rictus se tensó.
—No era como lo había imaginado, pero me vale.
Finalmente se puso la linterna en la boca y rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta.
En ese mínimo instante de distracción, Luca, veloz como un puma, se abalanzó sobre él y lo golpeó en el rostro con la pala.
Stefano cayó hacia atrás con un gruñido dolorido, y Luca se lanzó sobre él para arrebatarle la pistola, que todavía llevaba en la mano.
Se revolcaron en el suelo, forcejeando y golpeándose, y yo no supe qué hacer.
Me froté nerviosa las manos y observé cómo los hombres peleaban rodando por el suelo. Pero cuando oí el disparo no dudé en acudir hacia ellos con el corazón en un puño y el pánico cerrándome la garganta.
Luca estaba debajo de Stefano, y ambos se observaban con los dientes apretados y miradas ceñudas. Olí el aroma de la sangre antes de verla, mezclado con la acre picazón de la pólvora. Uno de ellos estaba herido.
Me arrojé sobre la espalda de Stefano para arrancarlo de Luca y, para mi sorpresa, no se resistió.
Mis manos se empararon de sangre cuando logré depositarlo de espaldas en la tierra.
Clavó en mí una mirada confusa, luego observó su pecho y se palpó la herida con gesto desconcertado.
Frunció el cejo y abrió la boca exhalando un gemido asustado.
Acto seguido, giró el rostro hacia Luca, que ya se incorporaba para mirarlo, emitió un quejido estrangulado y alargó el brazo hacia él.
Boqueaba sin parar, sin que ningún sonido inteligible saliera de ella, y finalmente quedó inmóvil.
La pistola, todavía humeante, seguía en la mano de Luca, que observaba el cuerpo inerte de Stefano con gravedad.
—¿Estás bien?
Asintió, suspiró profundamente y se introdujo el arma en la cintura de su pantalón.
—Nunca sabré si fue su inquina hacia mí o su ambición lo que nos ha llevado a este punto —murmuró apenado—, y aunque él decidió su destino, eso no evita que piense que finalmente ha logrado vengarse de mí, porque llevaré su muerte sobre mis hombros.
—Ha sido en defensa propia —argüí acercándome a él.
—Sí, pero el gatillo lo he apretado yo y es cuanto recordaré, por mucho que lo mereciera. Podría haberlo golpeado, pero he decidido matarlo.
—Si no lo hubieras hecho, tarde o temprano te habría matado él.
—Es posible; que lo habría intentado, seguro —coincidió—. Ayúdame a deshacerme del cuerpo.
—¿Lo lanzamos a la laguna?
—No, la marea lo llevaría a Venecia, sería identificado y la policía me investigaría. Tengo antecedentes y saben que ya estuvimos enfrentados. Creo que lo mejor es dejarlo dentro del hospital. Nadie visita la isla, se descompondrá y será tan sólo un esqueleto más.
Recogió la mochila que había caído durante la pelea y las dos linternas, y abandonamos el octógono atravesando el frágil puente, que se quejó por el peso al que lo sometíamos.
Aceleramos el paso gruñendo por el esfuerzo y llevamos a Stefano al interior de la primera puerta abierta que encontramos.
Nos adentramos en un espacio amplio, una estancia casi devorada por la vegetación colindante.
Al fondo se abría una escalera. Luca nos condujo hasta una pared cubierta de hiedra y posó el cuerpo de Stefano en el suelo.
Alzó la alfombra de hojas e intentó cubrirlo para ocultarlo.
Un crujido llevó mi vista hacia la carcomida escalinata.
Una sombra emergió de ella y pareció detenerse en el rellano, recortada contra la luz de la luna.
Dejé escapar una exclamación asustada, di un respingo e instintivamente retrocedí.
Luca me miró alarmado por mi expresión y volvió la cabeza hacia la escalinata.
De soslayo, me pareció ver movimiento a mi lado y me giré sobresaltada.
—¡Vámonos de aquí! —apremié mirando nerviosa a mi alrededor.
Luca tomó mi mano y salimos casi a la carrera.
Un estridente graznido nos acompañó al exterior. No quise preguntarme su procedencia.
Caminamos a buen paso atravesando la alameda, deseosos de alejarnos de aquel lugar. La sensación de ser observados persistía tan firme que esperaba ver aparecer a alguien o algo en cualquier momento.
Por fin llegamos al claro donde las ruinas del antiguo lazareto se alzaban irregulares, como la dentadura de un monstruo que deseara emerger del inframundo a golpe de mordiscos.
—Y ¿ahora qué? —inquirí.
—Ahora vamos a salir de aquí —contestó—. Y sólo hay un barco disponible.
—Pero Sofia no está sola —repliqué—, lleva dos matones más con ella.
—Y yo llevo lo que busca. O eso creerá, al menos.
—¿Vas a negociar nuestras vidas por la clave?
—Justo eso, por una clave falsa.
Me cogió de la mano y me atrajo hacia su pecho.
—Necesito que me abraces —murmuró contra mi oído.
—Y yo necesito abrazarte.
Y nos enlazamos un instante, el suficiente para calmar nuestros miedos.
—Vamos, ardo en deseos de salir de esta isla —reconoció, al tiempo que me colocaba un mechón de pelo tras la oreja y depositaba un beso en mi mejilla.
Me cogió de la mano y continuamos rumbo al embarcadero.
La lancha, varada en el muelle, golpeteaba contra la orilla en chasquidos regulares. En la proa, tres figuras se recortaban contra la noche.
Luca se descolgó la mochila, buscó la hoja del diario donde había escrito la clave inventada y extrajo un mechero de uno de sus bolsillos. Luego volvió a colocársela en la espalda.
Apagó la linterna, extrajo la pistola de la cinturilla de sus pantalones, me la entregó y respiró hondo.
—Vamos allá.