CAPÍTULO 54
U NA DELICADA MANO RODEADA DE ENCAJES FINOS
Fue fácil adivinar que apuntaba su espalda con un arma.
Su mirada intentó vanamente tranquilizarme.
—Adelante, Alessia, preside la comitiva.
Miré titubeante a Luca, que asintió con la vista puesta en el octógono.
Suspiré ansiosa, me mordí el labio inferior y asentí.
Me adentré en el precario puente. Los tablones crujieron bajo mi peso. El mal estado de la madera me hizo temer que no resistiera nuestro avance. Estaba sostenido por postes y tenía una barandilla tan insegura como inservible, pues dudaba que pudiera detener un cuerpo si se apoyaba en ella.
El sonido hueco de la madera contra la suela de nuestros zapatos nos acompañó hasta que pisamos el octógono.
—Necesitamos inspeccionar el terreno para delimitar una posible zona de excavación —explicó Luca—. Y para eso tengo que bajar las manos. Estoy desarmado.
Stefano le arrebató la mochila, la abrió y miró dentro, enfocando con su linterna para asegurarse de ello. Luego se la lanzó de vuelta.
—Adelante, pero te juro por Dios que, si intentas algo, la mato.
Luca asintió grave, su mirada se oscureció. Sacó de la mochila una linterna de candil y comenzó a recorrer el terreno en busca de alguna marca. Me puse junto a él.
—Debió de dejar alguna pista —comentó con la vista fija en el suelo—, y este lugar lleva siglos en desuso.
Dudo mucho que los trabajadores del hospital o los pacientes frecuentaran esta parte de la isla.
Aun así, el tiempo podría haberla borrado.
Si no encontramos nada en la primera batida, cavaré al azar.
El octógono era un muro de contención que formaba un complejo sistema defensivo de la laguna, construido con piedra y ladrillo, pero en su superficie habían extendido un manto de tierra ahora cubierto por una capa de hierba, alta en algunos puntos.
Comenzamos a movernos; yo con la linterna y Luca con el candil.
—¿Sabes, Luca? —comenzó Stefano con aire suficiente—. Que hayas ocultado este lugar deja muy claro que no pensabas comunicarnos el hallazgo. Y eso ya me autoriza a meterte un tiro en la sien.
—¿Tan mal llevas que sea más listo que tú? ¿O simplemente es por despecho? —aguijoneó él desafiante.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Olvidas que nos apunta con una pistola? —lo increpé contrariada.
—No, pero no la usará hasta que tenga lo que ha venido a buscar.
—Cierra la puta boca —imprecó Stefano— y haz lo único que sabes: hacerles el trabajo sucio a los demás.
Si te portas bien, te perdono el tiro y te regalo otras vacaciones pagadas en la cárcel.
Con tus antecedentes, no sólo pasarías una buena temporada a la sombra, sino que seguramente serías la putita de algún capo.
—¿A la cárcel por excavar en Poveglia?
—No, por asesinato —aclaró complacido—. Alessia, tu pobre y manipulado peón, descubre que eres un jodido impostor, discutís y tú la matas. Ya puedo ver los titulares: «Un gigoló cazatesoros mata a su socia para quedarse con un valioso hallazgo del siglo XVII ». Jugoso, ¿no te parece?
—Si la matas, no iré a la cárcel sin acabar antes contigo.
Stefano sonrió con perversa malevolencia, componiendo un mohín de urgencia con la barbilla.
—Date prisa, no tenemos toda la noche.
Continuamos inspeccionando los rodales de tierra sin encontrar nada que nos llamara la atención de ningún modo especial.
A medida que nos alejábamos de la entrada del puente, donde estaba apostado Stefano, obstruyendo la única salida de la isleta artificial, comencé a sentir una opresión extraña en el pecho.
Luca miró subrepticiamente hacia atrás y se puso en cuclillas para escarbar entre los hierbajos. Me agaché junto a él.
—Si encontramos el cofre, nos matará en el acto —susurró sin dejar de peinar la hierba con los dedos—. Tengo que deshacerme de él, no me deja otra opción.
Tragué saliva y lo miré ansiosa.
—¿Cómo piensas hacerlo? Va armado y no dejará que te le acerques.
—Sólo tengo una pala y mis puños, pero también mi ingenio. Sin embargo, no lo haré hasta que encontremos alguna pista. Después no tendremos tiempo que perder.
Sus oscuros ojos brillaron tenaces y decididos, lo que no alivió mi malestar.
—Quizá yo pueda distraerlo —sugerí nerviosa.
—No, mejor que no te acerques, sé cómo provocarlo —determinó con firmeza.
—No pienso quedarme cruzada de brazos mientras arriesgas tu vida.
—Alessia, confía en mí.
—No es una cuestión de confianza —repliqué—, pero somos dos y él uno. Creo que deberíamos aprovechar esa ventaja.
Sostuvo reflexivo mi mirada un instante mientras recalculaba su plan.
—Está bien. Haré que centre su atención en mí mientras tú te acercas lateralmente, escondida en las sombras. Cuando estés a su altura, haz algo que lo sobresalte para que pueda abalanzarme sobre él.
Asentí conforme y respiré hondo.
—Y, ahora, centrémonos en explorar minuciosamente cada palmo de tierra —agregó fijando su concentrada mirada en el suelo—. Será mejor que nos separemos. Tú izquierda, yo derecha.
Iniciamos la búsqueda y, a pesar de que mi desazón me provocaba palpitaciones y comenzaba a sentirme aturdida, me afané en indagar cada paso con exhaustivo detenimiento.
El desaliento crecía a medida que avanzábamos.
Y empecé a marearme. A mi mente acudió de improviso una frase que titiló luminosa: «Cualquier cosa era válida para escapar de pensamientos funestos y aferrarme a la esperanza bajo la piedra de mi nombre».
Era la última frase del párrafo donde Alonza había dejado la clave de Poveglia y el octógono.
Y, como tal, si pertenecía a aquel trozo del texto, seguramente tendría un significado igual de transcendental.
Luca estaba más apartado, y me puse en pie con el pulso acelerado y el apremio por desentrañar aquella frase que supe era vital.
Enfoqué con la linterna a mi alrededor, girando lentamente en un ángulo de trescientos sesenta grados sin saber qué buscar, pero con la aguda certeza de hallarme muy cerca del tesoro.
De hecho, era tan intensa esa sensación que sentí una ansiedad latente acelerando mi pulso.
Entonces, cerré los párpados y, en mitad de aquel silencio, tan sólo roto por el murmullo del agua contra la piedra, y de aquella negrura tras mis ojos, sentí una presencia frente a mí.
Exhalé un gemido y de nuevo fui incapaz de abrirlos presa de aquella ensoñación. Un brazo se tendió hacia mí. Una mano delicada rodeada de encajes finos emergió de aquella oscuridad para tomar la mía. Y yo me dejé llevar.
Anduve unos pasos guiada por aquella visión de mi mente hasta que se evaporó tan súbitamente como había llegado y me dejó en mitad de un rodal de hierba alta. Abrí los ojos y dejé escapar un estrangulado resuello, trémula y desorientada.
Miré al suelo y me puse en cuclillas para apartar los finos tallos con la mano. Pero estaban tan apretados unos contra otros que no pude ver nada. Seguí rebuscando paciente, hasta que llegué a un pequeño claro donde la hierba, aunque aún tupida, era algo más rala que en el resto de ese rodal.
Comencé a arrancarla a puñados con fuertes tirones, hasta que logré despejar la zona.
Apunté con el haz de luz sobre el terreno desbrozado y descubrí una hilera de piedras incrustadas en la tierra.
Animada, continué mi labor con más ahínco.
Dejé la linterna a un lado y, de rodillas, arranqué hierba como si estuviera poseída.
Cuando me detuve, observé triunfal dos hileras de piedras unidas por un extremo y otra más corta trazando un puente entre ellas. Era una «A».
Una intensa emoción me embargó. Paseé las yemas de los dedos por aquellos redondeados cantos sintiendo su fría tersura, en actitud reverencial. Y sentí ganas de llorar. Alonza me había guiado. Y Alonza, de algún modo, había despertado en mí para que su vida y sus secretos llegaran a mis manos.
Unos pasos se acercaron raudos. Alcé el rostro para toparme con la expectante expresión de Luca.
—Lo he encontrado.
Él cayó de rodillas frente a mí, boquiabierto y maravillado, con la vista fija en aquella «A» formada por pequeñas piedras semienterradas.
—Sabía que sólo tú podías hacerlo —musitó absorto en mi rostro—, esa «A» os ha unido, como un puente que ha cruzado siglos, dimensiones y barreras para conectaros, para recordarte quién fuiste una vez y hacerte valorar quién eres ahora.
Para encender de nuevo ese coraje y ese corazón que languidecieron con el olvido.
Suspiré afectada. Tenía un nudo en la garganta.
Luca se descolgó la mochila y extrajo del interior una pala pequeña, más de jardinería que de otra cosa. Miró hacia atrás para comprobar que Stefano continuaba en la entrada del puente, inmóvil y atento a nuestros movimientos.
—Creo que será mejor desenterrarlo ahora —opinó Luca—. Aquí la hierba alta nos cubre parcialmente, no sabrá lo que hacemos.
Intenté retirar las piedrecitas, pero estaban muy insertadas en el terreno.
Luca me apartó y clavó la punta de la pala en el vértice de la «A», la hundió y levantó un terrón de tierra prensada, que hizo a un lado.
Hicieron falta pocas paladas para que la punta metálica de la herramienta tocara algo sólido.
Entonces comenzó a rascar la superficie curva de un cofre y mi pulso se aceleró.
Dejó la pala a un lado y ambos empezamos a horadar la tierra con los dedos, retirándola del cofre. Cuando lo extrajimos del hoyo, nos miramos ansiosos.
Luca me lo entregó mientras registraba de nuevo su mochila.
Era pequeño, de madera y nácar, taraceado con bellos diseños que limpié con delicadeza. Tenía una curiosa cerradura, una hendidura horizontal, demasiado larga para una llave. O, al menos, para una llave convencional.
Cuando Luca me tendió el colgante con las iniciales, no tuve ninguna duda de que encajaría a la perfección.